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Reconciliarse con el pasado

  • Escrito por Vladimir Galeana Solórzano
Sin punto y coma
Sin lugar a dudas cualquiera que se precie de hacer política en este país tiene como principal obligación reconciliarse con el pasado. Si entendemos que la política tiene
que ser el arte de las relaciones sociales, podremos comprender el porqué de esta rotunda afirmación, pero sobre todo el viraje que el mismo Andrés Manuel López Obrador ha mantenido en las últimas semanas porque aunque lo quiera aceptar o no es un hombre surgido del propio Sistema Político Mexicano al que tanto combatió.
El tabasqueño es un hombre que conoce profundamente el funcionamiento de ese sistema, tanto que supo encontrar la fórmula para minar el poderío del partido que históricamente se asumió como el heredero de las glorias de los hombres y mujeres que hicieron el movimiento conocido como la Revolución Mexicana, y que fueron los cimientos del actual andamiaje institucional que detentamos como gobierno, y la consolidación de México como un país libre y soberano en el concierto de las naciones.
Por mucho que se pretenda denostar los yerros de los gobernantes tricolores, habrá que decir que México no tuvo que enfrentar las convulsiones sociales y armadas que se han generado en la mayor parte de los países del Continente Americano, y mucho menos padecer las sangrientas tiranías que se presentaron en Centro y Sudamérica en el pasado reciente.
Mientras nosotros debatimos los yerros gubernamentales y la perenne corrupción, otros lo hacen registrando la sangre derramada por los gobiernos dictatoriales.
Esa circunstancia la conoce muy bien Andrés Manuel López Obrador, porque es producto de ese mismo sistema que tanto ha denostado, y que ha sido gracias a su institucionalidad y a la incipiente democracia que hemos desarrollado, que finalmente logró alcanzar el triunfo en las recientes elecciones y comienza a entender que hay muchas cosas que quedaron rotas y conviene recomponerlas para evitar que se conviertan en serias amenazas para la estabilidad del país.
Por lo pronto, el presidente electo consideró que la administración de Enrique Peña Nieto logró avances, aunque también dejó una grave crisis de pobreza, inseguridad y violencia. También consideró que el actual gobierno deja un país más fuerte y que ha logrado una transición en armonía, pero también insistió en esa estabilidad que ha evitado que se presente una crisis política o financiera. Para decirlo más claro, no nos está pasando lo que desgraciadamente se está presentando en los países del Cono Sur.
Andrés Manuel López Obrador sabe que un país como México no resuelve sus problemas de la noche a la mañana porque la mayor parte de ellos son endémicos y otros coyunturales, pero si algo lo ha distinguido es que es un experto sembrador de esperanza. No la tiene fácil, y por mucho que tenga una mayoría abrumadora en el Congreso, tiene que reconciliarse con el pasado para arrancar la construcción de su proyecto futuro de país sobre bases sólidas, y es lo que por ahora está realizando. Pero las lunas de miel suelen ser muy cortas, y cuando en realidad le toque enfrentar los problemas es cuando veremos de qué está hecho. Al tiempo.