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El México bronco está despierto

entresemana

El estado de Michoacán está de moda. Se ha vuelto referente en asuntos del crimen organizado y la disputa por el poder político; el escenario del cobro de facturas domésticas entre priistas, panistas y perredistas que reparten culpas y se asumen redentores y críticos, dueños de la verdad y autistas en sus mejores momentos como gobierno.


No es un estado donde campee la miseria, sí una entidad en la que históricamente los grupos políticos se repartieron el poder y, enfrascados luego en la lucha por el control absoluto, olvidaron los mecanismos de control y seguridad interna que posibilitaron la vinculación de varios de ellos con la delincuencia que se volvió violenta y, como acepta el presidente Enrique Peña Nieto, le disputó al poder público el gobierno en varias regiones.
Vaya, hasta el gobernador de Guerrero, Ángel Heladio Aguirre Rivero, se dio el lujo de asegurar, palabras más, palabras menos, que se blindaban los límites del estado que dice gobernar con el vecino Michoacán, para evitar que la delincuencia organizada o grupos de autodefensa ciudadana contaminaran a territorio guerrerense.
¿Ha despertado el México bronco? Las previsiones de Aguirre Rivero en materia de seguridad pública y lo ocurrido en meses recientes en esa entidad, donde maestros disidentes y grupos radicales enderezaron movilizaciones violentas, graves e impunes, evidencian que el llamado México bronco está despierto. Y desde hace rato, en vías de generalizarse azuzado por la ausencia de acuerdos políticos y la preeminencia de las vanidades del poder público.
Sin duda las condiciones económicas, políticas y sociales del México decimonónico no han cambiado en esencia respecto del México contemporáneo, el del siglo XXI, donde las fuerzas políticas han arribado a escenarios del acuerdo, el consenso y el debate en un Congreso de la Unión consecuencia de aquella reforma política que, en 1977, impulsó el entonces secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, para dar voz, voto y presencia a los grupos que desde la clandestinidad amagaban con incendiar al país y, entonces, despertar al México bronco y violento que dormía en los galerones de la miseria y el olvido en buena parte de la república.
Sí, hay civilidad política en el debate, aunque las tomas de tribuna y los desaguisados en las sesiones de diputados y senadores, sean sello elemental de lo difícil que resulta sentar en torno de una mesa a representantes de corrientes contrarias de siempre, mas de pronto de espectacular y sorprendente alianza de derechas e izquierdas que sólo se asocian para evitar que el partido en el poder se haga de más poder. Ahí se pierde la discusión ideológica en el camino de la disputa de estancos de poder.
Jesús Reyes Heroles advirtió ese riesgo de despertar al México bronco si no se atendía el reclamo popular, si se continuaba prohijando la demagogia y el olvido de las clases desprotegidas.
Por eso, no ha cambiado el escenario de aquellos tiempos del porfiriato en el que el poder se sustenta en el control de las masas sociales, de la mecánica de hacer política a partir de la necesidad social, que no sólo es de pan sino de seguridad y justicia como factor sustancial de un mejor modo de vida. El México bronco está despierto. Conste.
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