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Consumismo esclavizante... lunes 20 agosto 2018

  • Escrito por Sócrates A. Campos Lemus
Que Conste
“SÓLO ESTOY OBSERVANDO CUÁNTAS COSAS EXISTEN QUE NO NECESITO PARA SER FELIZ” Fray Betto
         Hace algunos años, recorría algunos impresionantes centros comerciales en el sur de los Estados Unidos, traía poco dinero y solamente me alcanzaba para medio comer esa comida chatarra que es la barata y pagar algún hotelucho de esos que se encuentran al lado de los caminos y carreteras. ¡Cuántas cosas habían!, sobre pasaba mi capacidad de asombro y en ocasiones no podía entender para qué servían y, para cortar verduras, si hay cuchillo y el placer de limpiarlas y sentir su magia y su naturaleza, pero no, todo es consumismo y, uno de mis compadres que me acompañaba, con mejores condiciones económicas y un sentido decía él de la oportunidad para comprar y ahorrar, adquiría cosas y cosas, y cuando le preguntaba para qué servían, él, solamente contestaba que no importaba para qué servían, lo importante es que estaban en oferta… así entendí, en la práctica, el joder del consumismo, por eso perdimos los valores y las rutas de la humanidad, cosas para ver y para tener no para maravillarse de la belleza, no para entender la buena música o paladear las buenas sopas y tortillas y garnachas y los moles y tamales y los chapulines y gusanos de maguey y el mezcal y el tequila y el buen vino de la tierra, no, cosas para tener que ni siquiera se utilizan, ahí están acumulando polvo y empolvando el alma y a eso le llamamos modernidad y aceptamos como una nueva forma de vida cuando nos entierran los triques y nos ahogan los plásticos y nos aíslan los teléfonos y las computadoras y la televisión nos deforma y nos hace perder el rumbo y nos llenan de pendejadas y de miedos y temores y de consumismo.
         Ahora, hablar del ahorro y de luchar contra el consumismo es ser un rebelde al que deben perseguir los grandes criminales de la humanidad que son los comerciantes, los empresarios y banqueros que nos llenan de pendejadas para mantenernos esclavizados, endeudados, enajenados, sin pensar, solamente angustiados por tener lo más moderno y para pagar a los plazos chiquititos que se vuelven eternos. Cuando uno recorre los campos y las zonas de indios, nuestras raíces y nuestra fortaleza en la vida, nos damos cuenta de que no se requieren tantas cosas inútiles para saber vivir: un buen jacal, unos huaraches o cacles o zapatos, unos pantalones resistentes a los desgarrones de las espinas y a los fríos del cuerpo que se terminan con un buen trago, un comal con buena lumbre para poner el maíz y molerlo y tortear la tortilla y usarla de plato, cuchara y alimento, con unos frijoles recién cosechados y unos quelites recién cortados y una buena salsa o unos chiles mordidos que nos hacen llorar y, los blanquillos de las gallinas ponedoras o de las cóconas y un buen tabaco de hoja que es fuerte como las piernas que recorren los montes y labran la tierra y tienen la paciencia y la esperanza de la lluvia y del buen clima, y van a la iglesia a rogarle a Dios la buena cosecha, no le piden para ellos, le piden para que no se enfermen los críos, para que la vieja no tenga problemas en el parto, para que la vaca saque la buena ternera, para que el maíz tenga su agüita y mazorcas buenas, para que el frijol y el tomate y el tomatillo sean de primera y sobre algo para reglarle a los amigos y para tener en los tiempos malos, cuando se vienen las secas o los fríos y aguantar con la leña en el fogón y que nadie enferme y todos anden en la escuela y tengan la paz y el buen dormir y el buen descanso… Con qué poco podemos estar en el mundo, ya de viejo entiendo que no necesito más que un saco y camisas y pantalones y calzones para que se laven y se pongan, que puedo comer lo que me llega y fresco y de buena mano, tengo solo un reloj y un par de anillos que me regalaron, una moneda que traía mi padre y que me regaló mi hermano y lleno de recuerdos sanos, dejando los egos y los malos recuerdos y los odios y los rencores a un lado. Se puede vivir feliz con muy poco, sin muchos carros, con un espacio suficiente para sembrar los chiles, los árboles frutales, para mantener los perros y los gatos y la cotorra y ver la sonrisa de los que amamos, me acaban de cortar una mandarina del árbol que sembramos hace poco y, ya no compro limones porque la buena tierra nos da para el diario, ni chiles ni jitomates que cosechamos entre las macetas y las rosas y  la mata  que sube entre las paredes y brinda sus azares de olores gratos. Ciertamente, seguro, hubiera podido ahorrar mucho si hubiese entendido que el consumismo solo nos esclaviza y nos priva de la libertad y de lo grato, pero nunca es tarde para empezar, paramos y caminamos más lento observando y gozando cada paso y cada encuentro con los amigos y cada trago, nadie compite, todos encuentran las historias de una larga vida y dejan los horrores y los rencores a un lado y nos reímos de boberías, esa es la buena vida.
         Hace algunos años tuve la oportunidad de que me recibiera en su oficinas de Palmas, Carlos Slim y llegó, pidió un café para mí y una coca para él que batallaba en abrir porque salía de un pequeño infarto cerebral  y platicamos, me comentó de los planes y de libros y de los amigos, decía él, que le daban la lluvia de ideas, en fin, pasó tiempo y él tenía una comida en su casa y yo otra con un amigo y me sorprendió cuando tomaba una carta del Sanborns y por teléfono pedía que le llevaran tres órdenes de sopa, mole y frijoles y algún postre, le pregunté si no tenía chef en su casa y me dijo: No, para qué si tengo la cadena de los Sanborns? y Uno pensaría que un hombre multimillonario tendría gustos raros y costosos, pero no, ahí, observé que a pesar de todo podía ser un hombre común y corriente con más sentido humano, sin duda, la lección caló y reflexioné sobre el tema y pude dejar a un lado ese consumismo y ahorrar para construir mi casa y no estar batallando y angustiado para pagar la renta y dejé los buenos carros por los vehículos prácticos y sencillos, total, todos los transportan a uno y dejé los muchos trajes y dejé los relojes y el ego se fue arrumbando y, eso, me ha liberado, a lo mejor por ello cuando veo a AMLO me genera confianza, porque deja el consumismo y abandona la ambición de riquezas por la ambición de servir y eso despierta esperanzas y, así, pues cuando menos, ya no desperdiciamos y compramos lo que en verdad necesitamos y luchamos contra el consumismo que no tiene fondo, pero que tanto daño hace a todos…A Slim le vendí mi libro escrito con Juan Sánchez Mendoza: TIEMPO DE HABLAR: TREINTA AÑOS DESPUÉS…SOBRE EL 68.