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Decencia

Singladura
Ante la expectativa de la asunción en diciembre próximo de un nuevo gobierno, cuyo titular ha defendido con vehemencia y aún tozudez su incorruptibilidad
personal, me pregunto si la sola honestidad de quien será el Jefe del Ejecutivo mexicano bastará para sanear al país o qué es lo que los mexicanos requerimos hacer para tener un país decente. Quizá resulte ociosa e inútil la pregunta.
Y sin embargo me parece que ni es inútil y tampoco ocioso interrogarnos en lo personal y como país en general si es que estaremos siempre o incluso por mucho años más condenados a vivir y sufrir la corrupción de la que muchos nos quejamos todos los días y de la que culpamos de manera abrumadora a los gobiernos y políticos de México.
Es de tal grado la sospecha, presunción o convicción de que vivimos en un país predominantemente corrupto que una de las claves del triunfo de Andrés Manuel López Obrador, hoy presidente electo de México, fue precisamente la convicción o creencia ciudadana predominante de que se trata de un político honesto.
Así se propaló por ejemplo la idea de que el gobierno y aún sus contrincantes políticos fracasaron en el intento de pillarlo en algo ilegal o sucio lo suficientemente grave para desmoronar su candidatura.
Así, muchos electores mexicanos decidieron su voto a favor de López Obrador convencidos de que ninguno de sus adversarios y críticos pudo encontrarle algo que pudiera desbarrancarlo en su ruta hacia Los Pinos o, mejor dicho, hacia el Palacio Nacional.
Entre esos intentos para descarrilar por la vía del señalamiento de corrupción la candidatura de López Obrador recuerdo las acusaciones de José Antonio Meade sobre la propiedad de tres departamentos en el sur de la ciudad de México. El propio Meade corrigió durante el debate en que mencionó esos inmuebles que no eran sino dos, lo que de inmediato desinfló la acusación, que por supuesto tuvo el propósito de impactar en la línea de flotación del candidato presidencial de Morena. Fracasó el intento más directo y personal, entre otros muchos que trataron de implicarlo en hechos fraudulentos o de corrupción. Todo falló.
Por el contrario, y el propio presidente Enrique Peña Nieto así lo reconoció en una de sus últimas entrevistas televisivas, su gestión quedó bajo el estigma de la Casa Blanca cuando apenas su gobierno sumaba dos años. Calíbrese el impacto del escándalo. Fue devastador, sin duda. Otros escándalos siguieron y con o sin razón, la presidencia peñista quedó marcada y maltrecha.
Estamos ahora ante la expectativa de que asuma el gobierno de López Obrador, quien hizo del combate a la corrupción su bandera principalísima para convencer a los electores del país, al menos a una abrumadora mayoría. Es cierto. No es ni será la primera vez que un candidato y luego presidente de México promete la lucha contra la corrupción que carcome al país completo. De hecho, los mexicanos hemos pasado de la expectativa a la desilusión en esta materia los últimos gobiernos, al menos desde el que encabezó Miguel De la Madrid a partir de 1982.
Esperemos que esta vez, ahora sí, se cumpla la expectativa de barrer la corrupción de arriba hacia abajo como en las escaleras, conforme el compromiso de López Obrador.
Queda sin embargo la duda sobre si la conducta, el ejemplo y la inspiración de López Obrador bastarán para abatir en serio el flagelo de la corrupción y si la inmensa mayoría de los mexicanos estamos dispuestos a acompañar ese esfuerzo de manera cotidiana y cueste lo que cueste. Si desfallecemos en una tarea tan ardua, ahogaremos a México en el túnel de la inviabilidad. No tengo ninguna duda al respecto. Urge la decencia, aun y cuando su práctica sea considerada muchas veces una estulticia, o una falta de astucia.
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