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De corazones

Singladura
Aún medito sobre los motivos del presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, para llamar “corazón o corazoncitos” a las reporteras que cubren de
manera cotidiana y/o permanente sus actividades en la colonia Roma. Y sin embargo, sigo sin encontrar dónde está el pecado, el error y casi casi el insulto al llamar a esas profesionales del periodismo “corazón, o corazoncitos”. Digo esto enteramente consciente del riesgo que enfrento y se me vengan encima muchas, muchísimas mujeres que juzgan una impertinencia por decir lo menos el que se les llame corazón o corazoncito con el argumento de que eso es una expresión machista, que las reduce a objetos oscuros del deseo masculino, o peor aún, se les considere inferiores en todos los sentidos.
Es cierto que hace siglos una inmensa mayoría masculina ha menospreciado, maltratado, vejado y reducido de muchas maneras a las mujeres, que afortunadamente y hace ya varias décadas iniciaron un proceso reivindicatorio de su condición, género y naturaleza. Qué bueno que resulte así y qué mejor que se hayan hecho enormes progresos a favor de la mujer en prácticamente todo el mundo, y que sería prolijo ennumerar en este reducido espacio. 
Cito un caso trivial si me permiten, pero que refleja ese progreso contundente, insuficiente y necesario más que nunca que ha logrado la mujer como ser humano. Hace sólo unos días me encantó –¿se vale el término?- observar en Avenida Reforma a una mujer conductora de un autobús del servicio de transporte público capitalino. Un enorme bus conducido por una mujer, que joven y comedida se desplazaba con un montón de pasajeros, cuidando de ellos para llevarlos a sus actividades cotidianas. Qué bueno. En algún punto, la conductora llamó a viva voz a uno de sus pasajeros a cuidar su brazo, cercano de la puerta delantera de la unidad, para impedir que se lo machucara. Hasta el verbo –machucar- me gustó y me hizo recordar aquellos años en que solíamos usarlo de manera más frecuente en lugar de términos como atropellar o atrapar. Machucar, me encantó.
La chica conductora –una mujer en sus 35-40 años- hacía su trabajo con prudencia, precaución y buen tino.  Imaginé el proceso que seguramente enfrentó para primero determinar su oficio, luego para aprenderlo y entrenarse en él, seguramente rodeada de un mundo de hombres que a decir verdad no deben ser los varones más corteses y educados de la ciudad de México, imagínese, una mujer conductora de autobús, un oficio predominantemente practicado por varones y de qué manera puedo agregar.
En fin. Insisto sobre el tema que no encuentro por qué tanta crítica o señalamiento en contra de que López Obrador se haya atrevido a llamar “corazón o corazoncito” a las reporteras. ¿O es qué acaso preferiríamos, preferirían ellas, que el presidente electo las tratara de manera verbal como cada vez se hace más extendido con el “trompabulario” que usan los jóvenes y jóvenas de hoy? Algo así como “no, buey, ahorita no”, “chale hija, pues qué te pasa” o “ay después mi nenorra” o “no, ahorita no, no jodas”, entre muchas otras expresiones verbales que degradan por igual a  mujeres y hombres.
 
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