Por años, el obradorismo repitió que la “Cuarta Transformación” no era solo un proyecto político, sino una revolución cultural.

Hoy, esa narrativa enfrenta su primera fractura interna visible en el gobierno de Claudia Sheinbaum: el choque entre Marx Arriaga y el secretario de Educación, Mario Delgado, no es un pleito administrativo. Es la señal temprana de una disputa más profunda por el control simbólico del legado de López Obrador.

Lo que vemos en la Secretaría de Educación Pública no es un caso aislado, sino el primer síntoma de una tensión estructural: ¿continuidad ideológica absoluta o adaptación pragmática al poder?

La salida de Marx Arriaga, responsable de los más que polémicos libros de texto gratuitos y uno de los cuadros más ideologizados del proyecto educativo obradorista, detonó una crisis interna. Según versiones oficiales, se trató de una diferencia de criterios respecto a la actualización de materiales educativos; Arriaga se negó a modificar “ni una coma” como si se tratara de sus hijos, una verdadera cochinada de libros de texto con errores de todo tipo, incluso ortográficos y repletos de aleccionamiento morenista, desde una óptico cuasi socilista y con evidente endiosamiento al expresidente macuspano.

 Al no responder a las peticiones de cambios que según la misma Presidenta eran solo en algunos puntos específicos, (Como si la Presidenta de la República o el Secretario de Educación tuvieran que darle explicaciones a un Director General de Contenidos) perdón pero se envia la orden y ya, de cuando aca le preguntan correcciones a un subalterno, es más, como ya les resultaba incomodo, todavía cometieron la barbaridad de ofrecerle reubicarlo, como si mereciera un premio por la insurrección, pretendían mandarlo de embajador a Costa Rica, confirmando la teoría de que todo lo que les resulta incomodo, lo envían a representar a México en el extranjero, están rellenando las embajadas con la escoria de la  4T, es una verdadera verguenza para nuestro servicio exterior lo que le están recetando, lo mas irónico de todo, es que el personaje decidió rechazar la embajada y se rehuso a abandonar su oficina, hasta que no se le notificara formalmente y por escrito.

El conflicto escaló cuando el propio funcionario se atrincheró en oficinas de la SEP y denunció intentos de desalojo y persecución ideológica. 

Desde Palacio Nacional, la presidenta Sheinbaum intentó bajar la tensión asegurando que los libros de texto no cambiarán y que la Nueva Escuela Mexicana sigue siendo parte del proyecto de transformación. 

Pero el mensaje político ya estaba enviado: el obradorismo duro no confía plenamente en la nueva conducción del gobierno.

Mario Delgado representa el ala institucional del movimiento. Su narrativa ha sido clara: no hay ruptura con el proyecto educativo, pero sí necesidad de ajustes y gobernabilidad.

La oferta a Arriaga de un cargo en el extranjero no fue casual. Fue una salida elegante, una forma clásica de desactivar un foco ideológico incómodo sin romper públicamente con el legado de López Obrador. 

En términos políticos, Delgado intentó mantener la esencia simbólica del obradorismo mientras reduce los elementos más radicales que generan desgaste internacional y polarización interna.

Arriaga no se asumió como un funcionario técnico, sino como un custodio ideológico. Su resistencia no fue solo laboral; fue narrativa, salió de inmediato a denunciar en redes sociales y hacer todo un circo que duro los 4 días, si leyó bien,,, 4 días que tardaron en notificarle oficialmente, vestido con la misma ropa, comiendo en el escritorio y haciendo conversatorios con supuestos maestros que lo apoyan 24hrs.

Para el sector más doctrinario del movimiento, cualquier ajuste a los contenidos educativos es interpretado como traición. Su postura refleja el miedo del ala dura a que el gobierno de Sheinbaum transite hacia una versión más moderada del proyecto.

En esa lógica, el conflicto se convierte en un símbolo:

No se pelea por libros, se pelea por la memoria política del sexenio anterior, entonces hace mas lógica la absurda intervención presidencial en un tema 10 veces por debajo de su nivel de autoridad, pero se convierte en un otro foco rojo mas encendido en los desacuerdos Morena vs. Morena.

El episodio deja al descubierto algo que muchos intuían pero pocos querían admitir: el gabinete de Sheinbaum es una coalición de herencias.

Por un lado, cuadros ideológicos que se consideran guardianes de la transformación.

Por el otro, operadores políticos que medio entienden que gobernar implica negociar con la realidad económica, internacional y social.

El choque Arriaga–Delgado muestra la tensión entre esos dos mundos.

Sheinbaum enfrenta una paradoja histórica:

  • Si radicaliza el proyecto, pierde gobernabilidad.
  • Si modera el discurso, corre el riesgo de ser acusada de traicionar la esencia obradorista.

Como de caricatura, al cuarto día salió Marx con su retrato de…¿Quién creen? Evidentemente Karl Marx, bajo el brazo, en una teatral escena donde se subio al metro y se perdio para siempre de la esfera pública, claro hasta que logre organizar 40 pelados que vengan a protestar  y a cerrar calles a la Ciudad de México.

Lo ocurrido en la SEP puede ser apenas el primer capítulo público de una serie de tensiones que todos sabemos que están ocurriendo dentro del gabinete.

La transición entre liderazgos carismáticos y administraciones institucionales siempre genera rupturas silenciosas. López Obrador gobernó desde la narrativa; Sheinbaum necesita gobernar desde la estructura, pero no la tiene nada fácil.

Ese cambio inevitablemente desplaza figuras que se construyeron bajo la lógica del combate ideológico permanente y vine una reconfiguración del poder interno en Morena.

La pregunta central ya no es qué pasará con Marx Arriaga, sino qué versión del obradorismo sobrevivirá en el sexenio de Sheinbaum.

El episodio deja tres señales políticas:

  1. El gobierno busca mantener continuidad discursiva mientras introduce ajustes silenciosos.
  2. El ala ideológica no está dispuesta a ceder sin confrontación pública.
  3. La verdadera batalla no es entre oposición y gobierno, sino dentro del propio movimiento.

En política, las transiciones rara vez ocurren sin resistencia.

Y cuando los guardianes del pasado se enfrentan con los administradores del presente, el resultado suele marcar el rumbo del futuro.

Mucha surte queriendo desmarcar a los Obradoristas… ¡de estos berrinches vamos a ver varios!