Las declaraciones recientes de Alejandro Moreno en redes sociales, donde acusa a Morena de esconderse
tras un “falso escudo nacionalista” para rechazar la cooperación con agencias estadounidenses, colocan sobre la mesa una discusión seria, más allá del tono confrontativo: ¿por qué México parece empeñado en enfriar la relación con Estados Unidos justamente cuando más depende de ella?
Porque los datos son contundentes. México continúa siendo uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos y, en 2026, se mantiene como su mayor socio en comercio total de bienes, con intercambios que superaron los 73 mil millones de dólares sólo en febrero. Además, más del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino el mercado estadounidense.
Es decir: la economía mexicana respira al ritmo de Norteamérica.
Sin embargo, mientras más se acercan las negociaciones cruciales del T-MEC, que ya empezaron a llevarse a cabo, el gobierno mexicano proyecta señales ideológicas erráticas: reuniones con bloques de izquierda progresista donde la Presidenta Sheinbaum se reunió con Pedro Sánchez, Petro y Lula… tres malos amigos de Trump, a “Defender la Democracia” avalando fuertes criticas a Estados Unidos, mientras mata a todas las instituciones democraticas de México y asegura el fraude electoral para el 2027, terminando defitivamente con el INE, la Suprema Corte de Justicia y cualquier otro organismo que pueda cuestionarle, esto añadido a sus brillantes gestos diplomáticos en defensa de Cuba, a su primer envio de petróleo y los subsecuentes envíos de apoyo a la isla por “solidaridad” cuando los agricutores mexicanos claman su terrible situación, además de las multiples indulgencias narrativas hacia Nicolás Maduro y la cercanía discursiva con regímenes autoritarios que poco aportan al desarrollo nacional.
La pregunta es inevitable: ¿qué gana México con eso?
¿Sería lógico pensar que Cuba abrirá mercados equivalentes a los de Estados Unidos? Ó que Venezuela sustituirá cadenas de suministro automotrices. Ni los foros ideológicos en España resolverán la presión arancelaria, la revisión de reglas de origen o la competitividad manufacturera nacional.
Mientras tanto, Washington ya discute acero, aluminio, automóviles, corrupción, falta de legalidad y cumplimiento institucional dentro del marco del T-MEC. Allí se define empleo mexicano y inversión extranjera, que tanto necesita la Presidenta para salir de su cero crecimiento así como el tipo de cambio. No en las cumbres de nostalgia revolucionaria.
México necesita una política exterior seria, no sentimental. Una diplomacia estratégica, no militante. Defender la soberanía no significa pelearse con quien compra nuestros productos, integra nuestras cadenas productivas y sostiene millones de empleos nacionales. Significa negociar con firmeza, inteligencia y madurez.
El problema no es el nacionalismo. El problema es usarlo como disfraz para justificar decisiones torpes.
Hoy el mundo se reorganiza por bloques económicos, relocalización industrial y seguridad regional. México tenía la oportunidad histórica de consolidarse como el socio indispensable de Norteamérica. Pero cada gesto ideologizado nos aleja de esa posición privilegiada.
Y cuando un país cambia pragmatismo por propaganda, termina pagando la factura en crecimiento, inversión y oportunidades.