Hace unos días, tuve el honor de participar en un foro sobre libertad religiosa y el rol de la fe en la política. Allí resonó con fuerza una convicción que José Antonio Kast

ha defendido de manera contundente desde sus días de candidato: “Soy católico antes de entrar a la política; soy padre antes que político”. Para la izquierda y el progresismo, esta postura atenta contra el Estado laico. Argumentan que la política debe secularizarse totalmente para gobernar para todos. Sin embargo, esta exigencia esconde una trampa intolerante: obligar a un servidor público a esconder sus creencias más íntimas en el cajón de lo privado no es neutralidad, es censura. La verdadera honestidad política radica, precisamente, en la transparencia de los propios valores frente a los electores.

Esta misma transparencia fue evidente en el reciente encuentro donde líderes católicos, evangélicos y judíos compartieron, con orgullo y desde sus coincidencias, mejores prácticas para el actuar público. En este espacio destacó la figura del diputado Benjamín Lorca, un hombre cristiano que hoy encabeza una ola legislativa enfocada en revertir la agenda "woke" heredada de la administración de Gabriel Boric. Sus detractores rápidamente lo acusan de querer imponer una moral religiosa sobre el aparato estatal y hacer retroceder derechos civiles. Pero la realidad ofrece otra lectura: no se trata de instaurar una teocracia, sino de una corrección democrática. Es el esfuerzo de distintas comunidades por devolver el sentido común a las leyes, frente a ideologías que muchas veces operan desconectadas de las verdaderas necesidades sociales y de la familia.

Lo que más llama la atención de este proceso político es, sin duda, la forma. El gobierno de Kast encarna lo que podríamos llamar una "derecha serena". A diferencia de las estridencias libertarias en Argentina, la polarización en Estados Unidos o la dureza en El Salvador, en Chile se percibe una derecha afable, sin gritos ni sobresaltos, pero inamovible en sus convicciones. El mejor ejemplo de esta austeridad es el diputado José Antonio Kast hijo. Quienes critican al gobierno podrían pensar que la imagen del joven legislador es simple marketing, pero al verlo llegar con su mochila de universitario y una sencilla computadora portátil desde donde revisa sus discursos, el contraste es inevitable. Si lo comparamos con los excesos, lujos y escándalos que frecuentemente rodean a los hijos de la clase política mexicana, la diferencia es como el día y la noche. Queda claro que la decencia personal no es una pose, sino la confirmación de que el estilo también es fondo.

Por todo esto, no resulta sorpresivo que este proceso político esté inspirando al mundo. El contundente respaldo y aplauso que el presidente Kast recibió en la reciente Asamblea General de la ONU no fue un accidente. En la máxima tribuna, lanzó una crítica certera a los intentos de imponer valores globalistas estandarizados, defendiendo la urgencia de regresar a las agendas propias de las naciones. Voces internacionalistas lo tacharán de aislacionista, pero defender la soberanía no es aislarse. El aplauso en la ONU demuestra que existe un genuino agotamiento internacional frente a las burocracias externas.

El rumbo de Chile demuestra que es posible liderar con firmeza y serenidad. Frente a la imposición ideológica, la coherencia de las convicciones emerge hoy como la respuesta política más sensata y esperanzadora.

 

César Daniel González Madruga