de legitimidad más grave en décadas. La falta de aliados internacionales y el aumento de las movilizaciones por el deterioro económico han debilitado la estructura del Estado iraní, mientras expertos advierten que la continuidad del poder islámico se encuentra en riesgo inédito.
El país enfrenta una asfixia económica. En el último año, el rial iraní se ha depreciado alrededor de 45% frente al dólar, mientras la inflación supera el 40%, encareciendo alimentos, energía y vivienda. Las sanciones internacionales se han endurecido y restringen el comercio no solo con Irán, sino también con países que mantengan relaciones económicas con Teherán. La consecuencia directa ha sido una caída del poder adquisitivo y un aumento del malestar social.
A este escenario se suma la pérdida de aliados estratégicos. Irán ha visto mermada su red de influencia regional: Siria, Líbano y zonas del Cuerno de África ya no operan como contrapesos sólidos. El respaldo de Rusia -clave en años recientes- se ha debilitado, mientras Estados Unidos e Israel han intensificado ataques selectivos contra infraestructura militar y nuclear, como ocurrió en junio de 2025. Estos golpes han reducido la capacidad de disuasión del régimen.
De acuerdo con especialistas, el gobierno iraní no ha logrado responder a las demandas ciudadanas. La represión ha sido la principal herramienta: cortes de internet, detenciones masivas y uso letal de la fuerza. Organizaciones de derechos humanos estiman más de tres mil 400 civiles muertos en menos de tres semanas de protestas, aunque Teherán no ha reconocido cifras oficiales. Pese a ello, las manifestaciones continúan y se expanden, alentadas por la percepción de un Estado debilitado.
En el plano internacional, la crisis ha generado repercusiones inmediatas. El cierre temporal del espacio aéreo iraní, reportado por plataformas de rastreo de vuelos, reflejó el nivel de tensión interna.
Ayer, los mercados reaccionaron con cautela: Wall Street cerró en rojo ante el riesgo geopolítico y el precio del petróleo mostró volatilidad por la posibilidad de una escalada militar.
Mientras tanto, Estados Unidos ha elevado la presión. Donald Trump ha advertido sobre aranceles de 25% a países que mantengan comercio con Irán, medida que podría afectar cadenas globales y tensar relaciones con socios como China, principal comprador del crudo iraní. A la par, el G7 ha amenazado con nuevas sanciones si continúa la represión, exigiendo respeto a los derechos humanos.
Aunque Teherán insiste en que mantiene el control y busca reactivar la vía diplomática, analistas coinciden en que el régimen enfrenta su momento más frágil desde 1979. El riesgo ya no es solo la protesta social, sino una fractura interna de la élite política y militar, escenario que podría detonar una guerra civil o una transición violenta.
El desenlace sigue abierto, pero el equilibrio de poder se tambalea como nunca antes.