Ese es el vacío que recorre el libro. No la denuncia, sino la ausencia de un compromiso ético cuando más se necesitaba
Se ha difundido con enorme rapidez el libro de Julio Scherer Ibarra, “Ni venganza ni perdón”. La reseña promocional lo presenta como “un ejercicio de honestidad y un testimonio indispensable sobre el ejercicio del poder y las cicatrices que la polarización ya dejó en la historia mexicana”. La frase suena solemne, pero contrasta con el momento en que aparece: un país atravesado por tragedias que siguen abiertas, heridas que no cicatrizan porque el poder público insiste en profundizarlas. El desastre no ha concluido.
El título pretende sugerir una postura moral equilibrada, casi ascética. Pero viniendo de uno de los colaboradores más cercanos del expresidente Andrés Manuel López Obrador, adquiere un filo incómodo. Estoy segura de que lo que realmente faltó -y sigue faltando- no es un mensaje de “amigo a amigo”, sino la respuesta a la única pregunta que permanece sin resolver: ¿y la justicia para México y para todas las víctimas que dejó este gobierno?
Ese es el vacío que recorre el libro. No la denuncia, sino la ausencia de un compromiso ético cuando más se necesitaba.
La obra se presenta como un testimonio desde dentro, una denuncia con tintes periodísticos, sin embargo, hasta ahora se desconoce si las acusaciones que Scherer describe fueron presentadas ante la Fiscalía General de la República. Y no se trata de rumores: el libro detalla presuntos actos de corrupción, presiones políticas y vínculos con redes que han drenado recursos públicos, como el llamado huachicol fiscal. Entre los señalados aparecen figuras que aún ocupan posiciones de poder o influencia dentro del oficialismo.
Si lo narrado es cierto -y hay datos que apuntan a que sí- estamos ante hechos que debieron investigarse en tiempo real. Verdades que no llegaron a las instituciones, solo a las librerías.
La publicación llega tarde. Dolorosamente tarde. Sus revelaciones pudieron haber evitado al menos tres años de una administración que profundizó la polarización y que convirtió al expresidente en un símbolo artificial de “pureza moral”, mientras sembraba discordia entre los mexicanos. Hoy, López Obrador sigue siendo tratado como “referente ético” por quienes prefieren la fe a los hechos. Y Scherer, que estuvo ahí, que vio, que supo, decide hablar cuando ya no incomoda a nadie que pueda responderle.
El prólogo añade una dimensión histórica que no debe pasarse por alto. Jorge Fernández Menéndez recuerda cómo un grupo de periodistas -entre ellos Julio Scherer García y Manuel Becerra Acosta, el padre del hoy conductor propagandista de la cuarta, Juan Becerra Acosta- fueron expulsados de Excélsior durante el sexenio de Luis Echeverría. Aquella expulsión dio origen a Proceso, un acto de resistencia frente al populismo autoritario. La ironía es brutal: López Obrador en su gobierno fue heredero fiel de Echeverría, mientras los descendientes de aquellos periodistas perseguidos hoy participan activamente en la propaganda del régimen. La historia no solo se repite: se burla de nosotros.
La recepción del libro ha sido amplia. Críticos del gobierno lo celebran como confirmación de lo que denunciaron durante años. Pero lo inquietante es que quien denuncia formó parte del mismo gobierno que cometió los excesos que ahora describe. Su silencio durante ese periodo confirma que la impunidad no solo se sostiene por la protección del poder, sino por la complicidad de quienes callan mientras les conviene.
México no necesita un ajuste de cuentas literario. Necesita justicia institucional. No basta con que los protagonistas publiquen sus memorias cuando ya no están en riesgo. No basta con que los excesos se narren como anécdotas. No basta con que la corrupción se convierta en capítulo, prólogo o epílogo. Lo que importa es que cada actor involucrado sea llamado a rendir cuentas.
Bienvenido el libro, como lo serán los que vendrán para narrar la corrupción, las tragedias y las decisiones que marcaron el sexenio de López Obrador y su continuidad política. Pero si estas denuncias se quedan en el anecdotario, solo confirmarán que en México la verdad se administra como capital político y no como deber ético. Y seguirán alejando a la sociedad de sus gobiernos, cancelando la posibilidad de un país donde la justicia no dependa del humor, la conveniencia o la venganza de quienes alguna vez estuvieron cerca del poder.
Porque al final -y parafraseando el título del libro- lo que México necesita no es venganza ni perdón. Necesita justicia. Y esa, hasta ahora, nadie en esta historia ha tenido el valor de exigirla donde corresponde.
ADRIANA DÁVILA FERNÁNDEZ
POLÍTICA Y ACTIVISTA
@ADRIANADAVILAF