Desde Palacio Nacional se exclama y, se dice, para que “lo oigan bien, aquí y afuera”: en México no hay censura.

Los otros datos revelan lo contrario. Abundan los ejemplos. No voy a citarlos por respeto a misa compañeros de profesión: periodistas.

Lo que sí me veo obligado a referir, es la autocensura que crece como la espuma y cada día hay menos opiniones críticas en los medios impresos, televisivos y radiofónicos. Vaya, hasta en las redes sociales se ha “moderado” el lenguaje y centenares, si no es que miles, de cuentas en X han sido canceladas por la empresa de Elon Musk, argumentando violación a las reglas o bien por solicitud de un usuario.

Nunca explican que regla se violó o quien se sintió aludido o lo fue el que haya solicitado la cancelación.

Al colocar sobre la balanza la censura, proveniente de la autoridad, dirigida a los responsables de los medios de comunicación y en ocasiones al mismo comunicador, o la autocensura de los escribanos que utilizan sus espacios -es un decir- para exponer con sustento críticas a las acciones gubernamentales, federal y estatales, y que en las últimas semanas han bajado de tono e incluso cambiado la narrativa.

Es difícil encontrar qué pesa más e inclina la balanza.

Desafortunadamente el periodismo es una de las profesiones menos remunerada. Hay que tallarse el lomo para, como dicen los clásicos, “sacar el chivo”.

Cuando alguno de los comunicadores ha corrido con suerte, aprovechado sus conocimientos, sus contactos, sus empleos, logra sobresalir, el poderoso quiere hundirlo.

Gracias a esos periodistas, cuyos programas y comentarios no han podido ser mellados por las “órdenes superiores”, estamos enteramos de muchos asuntos que ahora se ocultan con la mayor desfachatez.

Sin embargo, no son suficientes, no somos los suficientes los que nos mantenemos en una línea periodística sin desvíos, sin compromisos que alteren la verdad y que defendemos la libertad de expresión, no el libertinaje, y levantamos el rostro para mirar al que supone ser superior por el cargo político que desempeña.

Otros compañeros, por convicción o instrucción de su casa editorial, radiofónica o televisiva, han reducido sus críticas que, de severas, se convirtieron en anodinas.

Decenas de compañeros han salido de los medios en donde cumplían sus labores profesionales. Difícilmente se les informa la razón real para el despido. Hay compromiso de editores y se entiende, pero no se justifica en un país en el que el andamiaje que se construye para establecer una dictadura avanza a pasaos agigantados.

Qué pesa más: ¿censura o autocensura?

Los que somos periodistas de la vieja guardia no sabemos hacer otra cosa que periodismo. Quienes acceden a la autocensura, lo hacen por necesidad y no por convicción. Quienes nos rechazamos las sugerencias para debilitar la crítica y esconder la información, no somos héroes, somos personas que amamos lo que hacemos y lo seguiremos haciendo sin pedir permiso para criticar o elogiar, en su caso.

No es fácil definir qué pesa más.

Por Jesús Michel Narváez

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