Basta con manejar unos kilómetros por Tijuana, Ciudad Juárez o el Bajío para verlas: naves industriales enormes, estacionamientos que se llenan y se vacían por turnos, y camiones que entran vacíos y
salen cargados hacia la frontera. Muchas de esas plantas pertenecen a empresas extranjeras y casi todo lo que producen termina en Estados Unidos. Detrás de ese paisaje hay una palabra que se repite en las notas de economía y que pocos, fuera del gremio, sabrían explicar: IMMEX.
No es un impuesto ni una empresa. Es un programa. Sus siglas significan Industria Manufacturera, Maquiladora y de Servicios de Exportación, y su idea se resume en una frase, aunque la letra chica sea larga: permite que una empresa traiga a México insumos, partes y maquinaria sin pagar los impuestos de importación en ese momento, con la condición de que el producto terminado se exporte. Si la mercancía cruza de regreso convertida en otra cosa, esos impuestos se difieren. Si se queda en el país, hay que pagarlos.
Esa lógica es la que hace competitivo fabricar aquí. Un fabricante que arma televisores, arneses para autos o dispositivos médicos importa componentes de medio mundo. Si tuviera que pagar el impuesto de cada pieza al entrar, el costo se dispararía y le convendría más producir en otro país y solo vender el producto terminado. El programa IMMEX rompe ese círculo: le permite diferir el pago mientras la operación cumpla su promesa de importar temporal, transformar y volver a exportar.
De la maquiladora al IMMEX
El nombre tiene historia. Durante décadas se habló de "maquiladoras": empresas que ensamblaban en México material ajeno para reexportarlo. Existían dos esquemas separados —el de la industria maquiladora y el llamado PITEX— hasta que en 2006 un decreto los fusionó en un solo instrumento, el IMMEX. Por eso hoy, aunque la gente siga diciendo "maquila" por costumbre, el marco legal que ampara a casi toda esa industria se llama de otra forma.
La distinción no es un tecnicismo ocioso. Cambió quién puede acceder al beneficio y bajo qué reglas, y sentó las bases del modelo exportador que sostiene una parte muy grande de lo que México vende al extranjero. Un dato ayuda a dimensionarlo: buena parte de las exportaciones manufactureras del país sale de plantas que operan bajo este esquema.
Quién lo usa y en qué sectores
No es un programa de nicho. Bajo el paraguas del IMMEX operan armadoras y fabricantes de autopartes, plantas de electrónica y electrodomésticos, empresas de dispositivos médicos, textiles y confección, e incluso proveedores de la industria aeroespacial. El común denominador es el mismo: importan para transformar y su mercado está afuera.
El esquema también contempla distintas maneras de operarlo. Una empresa puede tener su propio programa —lo más habitual en plantas grandes— o instalarse bajo la figura de un tercero que ya cuenta con la infraestructura y el registro, un modelo conocido como shelter o albergue que suele usar una compañía extranjera que llega por primera vez al país y aún no quiere constituir toda una operación propia. Cada camino tiene ventajas y compromisos distintos, y elegir mal cuesta caro más adelante.
El beneficio viene con obligaciones
Aquí está el matiz que suele perderse en la conversación pública. El IMMEX no regala nada: condiciona. La mercancía que entra bajo el programa lo hace de forma temporal y con un reloj corriendo. La empresa está obligada a retornarla —ya transformada— dentro de ciertos plazos, y a llevar un control de inventarios que demuestre, ante la autoridad, que lo que importó efectivamente salió como producto de exportación.
Ese control es más exigente de lo que parece. Tiene que cuadrar lo que dicen los pedimentos, lo que registra el sistema de la empresa y lo que hay físicamente en la planta. Cuando las tres versiones no coinciden —porque se venció un plazo, porque un insumo se declaró en una unidad y se consumió en otra, o porque simplemente nadie concilió a tiempo— aparecen diferencias que la autoridad puede revisar. En ese terreno, el programa deja de ser una ventaja y se convierte en un riesgo fiscal. Por eso las empresas serias tratan el cumplimiento del IMMEX con el mismo cuidado que su contabilidad, y no como un trámite que se resuelve una vez y se archiva.
El mito de "no pagan impuestos"
Conviene desmontar una idea muy extendida. Se escucha seguido que "las maquiladoras no pagan impuestos", como si el IMMEX fuera un permiso para operar libre de carga fiscal. No es así. Lo que el programa ofrece es un diferimiento condicionado: se posponen ciertos impuestos de importación mientras la mercancía cumpla su ciclo de exportación. En el momento en que esa mercancía se queda en México, o en que la empresa no acredita su retorno, el impuesto se vuelve exigible. Y, por lo demás, esas plantas pagan lo que cualquier empresa: nómina, aportaciones, contribuciones locales y el resto.
La confusión importa porque alimenta debates mal planteados. Discutir si el modelo exportador conviene o no al país es legítimo; hacerlo creyendo que se trata de fábricas exentas de todo es partir de un dato falso.
Por qué vuelve a estar en boca de todos
El término resurgió con el nearshoring, la tendencia de las empresas a acercar su producción al mercado estadounidense en lugar de fabricarla al otro lado del planeta. México, por su frontera y por su red de tratados comerciales, quedó en el centro de esa reacomodación, y el IMMEX es la puerta de entrada natural para una compañía que decide instalar o ampliar una planta exportadora en el país.
De ahí que el tema haya salido de las páginas especializadas. Cada anuncio de una nueva fábrica, cada debate sobre empleo en la frontera norte o en el corredor del Bajío, toca de una u otra forma este programa. Entenderlo —qué es, qué permite y, sobre todo, qué exige— ayuda a leer con más criterio esas noticias, en lugar de quedarse con la imagen difusa de la "maquila" que ensambla y ya.
Una aclaración final: lo anterior es una explicación general, no asesoría. Las reglas del IMMEX, sus plazos y sus obligaciones cambian con la normatividad, y cualquier empresa que evalúe operar bajo este esquema debería revisar su caso con las fuentes oficiales y con un especialista en comercio exterior. Pero como panorama, alcanza para entender por qué esas naves industriales siguen multiplicándose a lo largo del país.