Hay quienes todavía se preguntan si el dinámico estilo del joven y nuevo canciller mexicano, Roberto Velasco Álvarez,

terminará por vencer las rémoras del gobierno de la presidenta Claudia Sheimbaum, pero las primeras señales no parecieran ir en ese sentido.

 Hasta ahora todo parece indicar que el único cambio será el generacional, por cuanto Velásquez tiene 38 años y se ve cómodo en el trabajo que le asignó su compañera de partido Sheimbaum. Ellos se conocían antes de su llegada al cargo actual, y hasta ahora no pareciera existir entre ellos alguna discrepancia de fondo.
Las relaciones entre Velasco y los altos funcionarios de Estados Unidos y Canadá ya venían de ser buenas y en la nueva etapa hasta auguran cierta distensión para limar los arranques temperamentales de Donald Trump. Su buen trato con Marco Rubio y otros funcionarios del Departamento de Estado tienen visos de fluidez.
Ahora, lo que no se sabe y parece complicado es cómo Velasco Álvarez va a torear, por ejemplo, las incongruencias de Sheimbaum frente al espinoso tema del gobierno venezolano de los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez. Por un lado la presidenta mexicana se regodea en la tesis de no injerencia en los asuntos de otras naciones, pero, por el otro, es partidaria del uso de los recursos del Estado venezolano para pagar los honorarios de la defensa de Nicolás Maduro y su mujer.
La jefa de un país tan importante como México ignora hechos evidentes: Cuando hablamos de Maduro, no nos referimos a un mandatario elegido por su pueblo, sino a un autócrata, a un usurpador del poder, bajo cuyo mandato hubo asesinatos, torturas, vejámenes de todo tipo a los derechos civiles y políticos de los venezolanos. Asimismo, desconoce que Delcy y Jorge Rodríguez fueron y son parte activa del mismo régimen madurista.
Ah, bueno, en descargo de Sheimbaum debemos reconocer que en el caso mexicano ella no ha sido la única con esas falencias, porque su inspirador, Andrés Manuel López Obrador, era amigote de Nicolás Maduro y Hugo Chávez y hasta simpatizante de Fidel y Raúl Castro, así como del limitado Díaz Canel, sin mencionar ciertos atractivos que mostraba ante el barbaro nicaraguense Daniel Ortega.
Por todos eso y mucho más, cuesta trabajo pensar en una luz propia que ilumine el camino del nuevo canciller mexicano y lo conduzca a grandes éxitos que permitan frenar los errores de Claudia Sheimbaum, o que por lo menos le pida silencio a López Obrador, porque su desvarío sale a flote.