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Etiquetas

  • Escrito por Roberto Cienfuegos J.

 Singladura
Es una mala práctica me parece ese gusto y hasta yo diría que afición de muchas
personas el poner etiquetas a otras. Es una tendencia humana y hasta cierto grado sencilla. Las personas en general solemos hacerlo con mucha facilidad. Es la forma en que encasillamos, reducimos, lastimamos, entendemos y humillamos. Es el desfogue natural y una práctica inveterada. 
Supongo que etiquetamos con demasiada frecuencia como una manera de razonamiento simple, sencillo, y hasta para no entrar en honduras analíticas sobre la complejidad que siempre entraña la comprensión, el entendimiento del otro, del prójimo para decirlo con un concepto un tanto cargado de religiosidad, pero especialmente de fraternidad.
Es común insisto en que todos o al menos la mayoría de las personas usemos etiquetas para conceptualizar a nuestros congéneres. Después de todo, etiquetar nos ahorra mucho trecho en eso de conocer y sobre todo comprender a las personas en general e incluso a quienes están más cerca de nosotros, trátese de compañeros (as), amigos, familiares, padres, hijos y esposas (os).
La etiqueta que ponemos en el otro define, marca, nuestras relaciones en buena parte. Así decimos con frecuencia, quizá demasiada, “pues ya lo o la conoces”, “ya sabes cómo es”, “mejor dile a él o ella”, “ni se te ocurra decirle a esa persona”, “si, díselo”, “no, mejor no, luego ya ves cómo es”. O estas otras: “él, ella, es muy amable”, “ni te preocupes, no te dirá nada”, “esa persona es lépera”, “así es, es muy franco (a)”, “con él, ella, es mejor al grano”, entra otras muchas formas que trasuntan en algún grado un perfil, una descripción, una etiqueta al fin y al cabo.
Viene este largo prolegómeno a propósito de las numerosas etiquetas que suele colocar el presidente Andrés Manuel López Obrador a muchos, si no es que a todos, sus adversarios políticos de antes,  de ahora, y seguramente del futuro.
Como nunca antes en voz de un presidente, de un Jefe de Estado en México, López Obrador ha hecho un aporte especial para nutrir el vocabulario político nacional al describir o etiquetar a todo aquel que se opone, que critica, que piensa distinto, que discrepa o simplemente que propone algo diferente a los contenidos de la llamada Cuarta Transformación nacional (4T). Lo hace claro, como él dice, “con todo respeto”. 
Así, registro una lista de epítetos que nuestro presidente utiliza para describir a todo aquel que disiente, critica o simplemente tiene otra forma de mirar las cosas.
Entre estos conceptos, etiquetas pues, sobresalen “fifi”, “corrupto”, “neoliberal”, “conservador”, “señoritingos”, “pirruris”, “solovinos”, “mascotas”, “títere”, “pelele”, “tecnócrata”, “chayoteros”, “intelectuales sicarios”, “pirruris blancos”, el hampa del periodista, entre otros.
Ha prometido el presidente responder, usar el derecho de réplica. No se quedará callado ante quienes entiende que lo atacan. Esto quizá sea necesario si se quiere o acepta. Aunque no siempre el que calla, otorga. A veces el silencio es más prudente, más sabio. Dicen que las personas somos amos de lo que callamos y esclavos de lo que hablamos. En ocasiones hay que dejar que las “chachalacas” se desgasten solas. Pero eso es ya un asunto de estilo.
Lo que todos deberíamos evaluar mejor, supongo, es el uso continuo de etiquetas. Estas anulan la posibilidad de diálogo, cierran la puerta al entendimiento, a la comprensión y aun al conocimiento. Lo peor es que siempre humillan.
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@RobertoCienfue1