En la impartición de justicia no hay jueces perfectos, ni en México ni en el mundo. No son perfectos y se pueden equivocar. También

pueden actuar con premeditación, alevosía y ventaja, contaminados por corrupción o al servicio de poderosos y dueños del dinero.

Sin embargo, en ningún caso se justificaría afirmar que todo está podrido. La renovación del poder judicial en México se dio porque ya había demasiadas manzanas podridas y en la cúpula no existía voluntad de sancionar a los malos y depurar el sistema.

Era el poder judicial que construyeron el PRI y el PAN y no era raro que hubiera juzgadores que resolvieran a su favor en casos particulares. El pago de promociones o ascensos.

No por nada el extinto Consejo de la Judicatura Federal (responsable de vigilar el desempeño de juzgadores) y la Suprema Corte de Justicia de la Nación estaban presididos por la misma persona.

Juez y parte.

En esas condiciones era imposible esperar que se sancionara a los que actuaban por consigna, dinero o parcialidad. Nunca hubo una sanción ejemplar para nadie. En su lugar se perdonaba y premiaba.

Con la elección y renovación de juzgadores, a los que llaman “jueces del acordeón”, es demasiado pedir que de la noche a la mañana actúen con pleno dominio de su área. Es lógico y razonable esperar la adaptación. Entre más rápido, mejor. Mientras sucede, que nadie se sorprenda si hay desaciertos. Lo importante es que prevalezca la voluntad de corregir cualquier error.

Ahora se afirma que están al servicio de Morena y lo pregonan quienes antes estaban al servicio del PRI y PAN.

La diferencia es que ya existe un tribunal de disciplina con el deber de sancionar desmesuras en la impartición de justicia.

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