El año que se nos fue…

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El 2017 será recordado —por muchos— como la antesala de uno de los procesos electorales más controversiales de la historia democrática de México. Las coaliciones, que no los partidos, se encuentran afinando sus estrategias y repasando sus líneas discursivas, para que, desde los primeros días de enero, sus candidatos salgan a buscar la empatía con el electorado. La carrera por la sucesión presidencial y, en general, de la

mayoría de los cargos de elección popular ha iniciado, lo que hará suponer, a la mayoría de las personas, que no hay otra cosa más importante en el espectro político. Lamentablemente eso no es así.

Durante este año ocurrieron un número considerable de hechos de gran relevancia que, lamentablemente, por la vorágine electorera, dejaron de ser atendidos y escuchados por la gran mayoría de la sociedad pues toda la información relacionada con temas gubernamentales, absolutamente toda, en automático se vincula con el proceso electoral del año entrante.

Como lo comenté en mi colaboración anterior, a partir de los escándalos de corrupción que han marcado la administración del Gobierno Federal, la sucesión presidencial se anticipó. Así, cualquier actividad gubernamental se politiza en automático y se transforma en una bandera de ataque para la oposición y un flanco abierto para la administración y el partido del Presidente. Así, los primeros días de enero del año que está concluyendo, se marcaron por acres protestas en contra del alza de los combustibles, que derivaron en terribles hechos vandálicos nunca antes vistos en México. Grupos muy bien organizados salían a las calles a saquear establecimientos mercantiles, estaciones de gasolina y tiendas de autoservicio. Todo bajo la bandera de la protesta por el “mal actuar del gobierno”. Ante los ojos de los mexicanos —y del mundo— nuestro país se mostraba como una nación al borde de una “guerra civil”; al tiempo, los actores políticos de oposición atizaban la hoguera para hacerse de seguidores, al presentarse como los abanderados del disgusto social; los “salvadores de la patria y de sus intereses”, suponiendo — de forma por demás equivocada— que la gente compraría su discurso y su nueva mascarada.

Así, todos y cada uno de los hechos transcurridos; ya fueran el centenario de la Constitución Política mexicana; la detención de los ex gobernadores; las reuniones internacionales; las lluvias torrenciales y hasta la atención de la emergencia provocada por los sismos de septiembre; se volvieron acciones sospechosamente vinculadas con el proceso político electoral y —por supuesto— con la sucesión presidencial.

La agenda pública del país pareciera haberse paralizado para dedicarse, casi en exclusiva, a la cuestión electoral. Al final del día las cuestiones de la sociedad, el combate a la pobreza y el éxito de la política económica, la seguridad interior y pública son, simplemente, pretextos y excusas para ganar o perder adeptos en una contienda demasiado cantada que, por como se aprecia el panorama, habrá de traer las mismas desilusiones y cuestionamientos con los que hoy simplemente flota la administración peñanietista. México no tiene, por lo menos en la cuestión política, un futuro prominente ni boyante, por el contrario el horizonte se avista oscuro y sin posibilidad de cambio.

@AndresAguileraM