La fractura que no alcanza: el espejismo opositor frente a la 4T

En política, no toda grieta es una ruptura. Y no toda ruptura es una derrota.


La reciente tensión al interior de la llamada Cuarta Transformación —ese fenómeno que algunos ya denominan el “síndrome del aliado rebelde”— ha despertado una ilusión peligrosa en la oposición mexicana: creer que las fisuras del oficialismo bastan, por sí solas, para modificar el mapa del poder. No es así.

 La historia política —y particularmente la mexicana— ha demostrado que los movimientos hegemónicos no caen por fracturas internas aisladas, sino por la construcción de una alternativa sólida, cohesionada y estratégicamente superior. Nada de eso está ocurriendo hoy.
Las tensiones entre Morena y sus aliados no son nuevas, pero sí cada vez más visibles. Disputas por candidaturas, control territorial, recursos y liderazgo han comenzado a exhibir un desgaste natural en cualquier coalición que concentra poder.
Sin embargo, hay que entender la naturaleza de estas fracturas: no son ideológicas, son pragmáticas.
Los aliados de Morena no están rompiendo con el proyecto; están negociando su lugar dentro de él, es tan claro como más dinero y más posiciones, el verde y el PT no quieren otra cosa que una rebanada mas grande del pastel.
Y ahí radica el error de cálculo de la oposición, porque mientras algunos celebran lo que consideran una implosión inminente, lo que realmente estamos viendo es una reconfiguración interna para preservar lo esencial: el control del poder legislativo y la continuidad del proyecto político de López Obrador.
El verdadero problema, no está en Morena. Está en la oposición.
Porque incluso en un escenario donde el voto oficialista se fragmente en ciertas entidades, el efecto no será el fortalecimiento automático del bloque opositor.

Al contrario: la dispersión del voto opositor garantiza su irrelevancia.
Sin una alianza entre el PAN, Movimiento Ciudadano y el PRI, el resultado es matemáticamente predecible: -Perder-, el Líder del Revolucionario Institucional Alito Moreno Cárdenas lo ha repetido mil veces, si los partidos de oposición van solos, todos pierden.
No es retórica. Es aritmética electoral, es el absurdo del discurso vacío de vamos a crecer solos, sin que nadie les pregunte: ¿Perdiendo todo? Por que lo único que pueden ganar es el desprecio del mexicano que esta viendo como estos sanganos quieren entregar el país todavía más a un proyecto dictatorial, por una pose de superioridad moral. O seamos realistas por ganancia personal.
Cada elección fragmentada es una victoria indirecta para Morena, incluso cuando sus propios votos disminuyen.
Veremos sin duda un reparto del poder diferente: En un par de casos como lo será quizá San Luis Potosí, donde el verde ya anuncio que no habrá alianza o algunos lugares aislados del país donde pudieran tomar fuerza ellos o el PT, pero a Morena le conviene ganar perdiendo.
En este contexto, lo que veremos no es una derrota del oficialismo, sino una redistribución de posiciones dentro de su propio ecosistema.
Un par de gubernaturas podrían cambiar de manos, sí. Pero no como resultado de un triunfo opositor contundente, sino como parte de un ajuste interno entre fuerzas que, en el fondo, siguen orbitando alrededor del mismo proyecto de poder.
Es decir: Morena puede “perder” territorios sin perder el control.
Porque el objetivo estratégico no es únicamente ganar elecciones locales, sino preservar el músculo legislativo que permita continuar con la transformación estructural del régimen.
Y en ese terreno, la prioridad será clara: asegurar los votos duros en el Congreso.
Aquí es donde la discusión se vuelve más profunda, si la oposición no construye una alianza real, competitiva y disciplinada, que se ve muy lejana si hemos de hacer caso a las barbaridades que declaran Maynez y Romero, el resultado no será solo una serie de derrotas electorales.
Será la consolidación de un sistema político sin contrapesos efectivos.
Un Congreso dominado por Morena y sus aliados, (aún más) reformas sin resistencia, instituciones debilitadas o desaparecidas y una narrativa única que se impone sin necesidad de consenso.
Ese es el costo de -vamos a ir solos- del PAN y de Movimiento Ciudadano.
No el de perder una elección, sino el de perder la capacidad de equilibrar el poder.
La fractura dentro de la 4T existe. Es real. Pero es insuficiente.
Pensar que el oficialismo caerá por sus propias contradicciones es, en el mejor de los casos, ingenuo. En el peor, una coartada para la inacción.
Porque en política, el poder no se vacía: se disputa.
Y hoy, en México, esa disputa sigue teniendo un solo contendiente organizado.
Mientras la oposición no entienda que la única forma de competir es unida —no en discurso, sino en estrategia, territorio y narrativa—, cualquier grieta en Morena será apenas eso: una grieta.
No una caída.