La cruda política después del Mundial

Hay un momento inevitable después de toda celebración cuando se apagan las luces, se desmontan los escenarios, los turistas regresan a casa y

el último silbatazo deja de resonar en los estadios, llega la realidad. Y pocas realidades son tan duras como la que espera a México después de la euforia mundialista.
Durante unas semanas volvimos a ser un solo país, las calles se llenaron de banderas, de canticos, de esperanza en cada ¿Y si sí? las diferencias políticas quedaron en segundo plano y millones de mexicanos compartieron una misma ilusión, pusieron a volar a reporteros de todo el mundo y se pusieron con orgullo la camiseta de la selección nacional.

Más allá del resultado deportivo, del -jugamos como nunca y perdimos como siempre- el Mundial nos recordó algo que parecía olvidado: todavía somos capaces de emocionarnos juntos, de abrazarnos sin preguntar por quién votamos y de creer, aunque sea por noventa minutos, que el famoso quinto partido podía representar mucho más que un logro futbolístico.


Fue un respiro para una sociedad agotada por años de confrontación política.
Durante casi una década, el debate público ha estado marcado por la polarización, familias divididas, amistades rotas y una conversación nacional donde el adversario dejó de ser alguien con quien se podía discrepar para convertirse en un enemigo al que había que descalificar, eso se lo debemos sin duda a López Obrador, que instaló un discurso de odio contra el aspiracionista, el educado, el que vive mejor y logro hasta romper la unidad en el seno de miles de familias mexicanas.


El fútbol, como pocas cosas, logró suspender momentáneamente ese clima de encono y de confrontación, pero el Mundial terminó y con él también termina la tregua emocional.
La resaca llega cuando volvemos a encender las noticias y descubrimos que los problemas nunca se fueron, simplemente dejaron de ocupar los reflectores durante algunos días, regresan las preocupaciones por la seguridad, la incertidumbre económica, la presión sobre las finanzas de millones de familias y la sensación de que muchos de los grandes desafíos nacionales siguen esperando respuestas.


También regresan al centro de la conversación los cuestionamientos nacionales e internacionales sobre el combate al crimen organizado, un tema que continuó generando atención durante el Mundial aunque la agenda pública estuviera dominada por el deporte. La competencia deportiva no resolvió esas discusiones; únicamente desplazó temporalmente el foco de la conversación.
Ese es quizá el mayor contraste, mientras los estadios proyectaban una imagen de celebración, el país seguía enfrentando catastrofes estructurales que ningún torneo podía resolver, las madres buscadoras seguian manifestandose y cientos de madres nuevas tuvieron que alir a buscar a nuevos desaparecidos.


La historia demuestra que los grandes eventos deportivos tienen un enorme poder para elevar el ánimo colectivo, pero ese efecto siempre es temporal. La emoción compartida no sustituye las políticas públicas, ni el crecimiento económico, ni la construcción de instituciones, ni la recuperación de la confianza ciudadana.

Después viene la cruda, ese sentimiento de vacío de distractores y el triste  encontronazo con la realidad, la cruda política suele ser mucho más severa que la deportiva.Porque mientras el aficionado acepta que un partido se puede perder, el ciudadano difícilmente acepta que se pierdan años enteros sin avances visibles en los temas que determinan su calidad de vida, dificilmente acepta que el gobierno siga protegiendo narcos, avalando fraudes y escondiendo fallas de sus titánicas obras fracasadas.

El Mundial nos regaló una pausa, pero la verdadera pregunta comienza cuando el balón deja de rodar: ¿qué país encuentra el mexicano al regresar a la normalidad?
La respuesta no está en los estadios ni en las ceremonias de clausura.
Está en las calles, en los hospitales, en las escuelas, en la economía familiar, en la confianza hacia las instituciones y en la capacidad de nuestros gobiernos para responder a los problemas cotidianos.


Porque el patriotismo que despertó el Mundial es auténtico, la emoción también.
Lo que no puede ser efímero es el compromiso por construir un país donde la esperanza no dependa únicamente de un torneo internacional, México necesita mucho más que quince días de unidad, necesita recuperar la confianza entre sus ciudadanos, fortalecer sus instituciones, generar oportunidades y construir una conversación pública donde las diferencias puedan procesarse con respeto y no con confrontación y amenazas permanentes.


El Mundial nos recordó el país que podemos ser cuando caminamos juntos.
La cruda política nos obliga ahora a enfrentar el país que realmente somos.
Y esa, lamentablemente, es una realidad que ningún silbatazo final puede ocultar.