Con ello, México diversifica sus relaciones comerciales, mientras que la UE aspira a profundizar su asociación con un socio estratégico en el continente americano. Aunque están pendientes las ratificaciones en las respectivas instancias parlamentarias, se espera que la parte comercial del acuerdo entre en vigor de manera provisional pronto. De esta manera, México puede ampliar su presencia internacional incluso antes de que se lleven a cabo las negociaciones del T-MEC, el acuerdo tripartito con Canadá y Estados Unidos.
No hay nada más importante para las relaciones exteriores del país azteca que restablecer una relación comercial estable con su vecino del norte para mitigar los efectos de la errática política arancelaria del presidente Donald Trump, que afecta profundamente al clima de inversión y comercio en ambos lados de la frontera. No obstante, México debe tomar como punto de partida el acuerdo con la UE para relanzar su política exterior, descuidada en el sexenio pasado y sin rumbo claro en los casi dos años de la presidencia de Sheinbaum.
Una política exterior de lo esencial a lo necesario
No cabe duda de que para México la relación con Estados Unidos se ha ido complicando dramáticamente en los últimos meses. A esto hay que sumar los efectos disruptivos para la economía nacional derivados de la variación arbitraria de los aranceles por parte del gobierno estadounidense, los continuos ataques de Trump, que acusa a México de tener una gobernanza criminal, acompañados de incursiones encubiertas en el territorio nacional, y los problemas sectoriales, como la crisis del agua en la frontera común. La amenaza de Trump de reducir el número de los 53 consulados mexicanos en Estados Unidos refleja su intención de afectar a los migrantes en su país, controlar las remesas enviadas a sus familiares en México y aumentar las deportaciones.
Ante las nuevas acciones contra el país desde la Casa Blanca, México ha adoptado una postura esencialmente reactiva, al tratar de reducir los efectos negativos con una diplomacia telefónica de Sheinbaum con su homólogo, lo que ha llevado a una política exterior personalista y a la desinstitucionalización de la labor diplomática de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). Este estilo de gestión de la relación bilateral es frágil por naturaleza e invita a la contraparte a cometer deslices personales y a emprender nuevas acciones para mantener la presión sobre la presidenta. Esto es aplicable, por ejemplo, a la repetida acusación de que México estaría gobernado por los cárteles y no por ella.
Precisamente ahí se encuentra un punto débil del gobierno de Sheinbaum, no solo por las recientes peticiones de extradición de algunos prominentes políticos del partido oficialista Morena, por parte de Estados Unidos, sino también por la transversalidad que ha alcanzado el tema de la seguridad, que afecta tanto al comercio como a la inversión en la revisión del T-MEC. El interés mexicano de mantener la compartimentación de estos tres ejes en la relación con Estados Unidos parece fracasar, lo que también dificulta la estabilidad futura de la relación, al igual que la idea estadounidense de prever una cláusula anual de revisión en un nuevo acuerdo. Un entendimiento con Canadá como tercer socio será esencial para poder reforzar las posiciones de México y salir de la "trampa" de lo bilateral. Por el momento, no se vislumbra una línea de negociación que logre sacar al país de la defensiva en la que se encuentra.
Un reset indispensable para la política exterior de México
Se echa en falta que México no haya avanzado en lo necesario para replantear su política exterior y salir de la situación de aislamiento en la que se encuentra a nivel internacional. Esto es aplicable tanto a su relación con América Latina, donde habrá que recomponer las relaciones con Bolivia, Ecuador y Perú, y recuperar la iniciativa con Argentina, Brasil y Colombia, más allá de tintes ideológicos, como también a su relación con los países centroamericanos y caribeños. Además, el país asumirá de nuevo la presidencia de la Alianza del Pacífico, para lo que será indispensable mantener un nexo institucional con Chile y Perú, a pesar de que estos países tengan gobiernos de orientación política diferente. Hasta la fecha se echa en falta una estrategia de política exterior convincente que oriente a las embajadas mexicanas en el mundo, ya que en muchos casos actúan sin claras directrices a medio plazo. A pesar de la atención que requiere la relación con Estados Unidos, sería precisamente tarea de la SRE y su nuevo secretario dar los pasos necesarios para que México pueda recuperar el terreno internacional perdido y asumir un papel más visible en el ámbito multilateral. Esto implica "desideologizar" y "reinstitucionalizar" la política exterior, un proceso ciertamente difícil debido a los antecedentes del sexenio pasado.
La Constitución de los Estados Unidos Mexicanos otorga al presidente la facultad de dirigir la política exterior en su artículo 89, pero ha quedado claro que un papel más institucional de la SRE puede ser de gran ayuda para desarrollar la presencia del país a nivel internacional. La falta de recursos para la secretaría y el temor a ser objeto de reclamaciones políticas a nivel nacional son elementos que limitan el "reset indispensable", al igual que la permanencia de mucho personal diplomático en el exterior nombrado en el sexenio pasado, que más bien obedeció a intereses de política interna. Por lo tanto, quedan muchas tareas pendientes para el presidente y su canciller, que deberán superar las deficiencias del pasado y del presente, y restablecer la autonomía de la política exterior del país.