Política exterior, sin rumbo

Desde el “cambio de régimen” se anuncó que la mejor política exterior se hacía en México y por tanto los representantes

en el exterior no requerían la carrera diplomática para desempeñar el cargo de embajadores plenipotenciarios o cónsules generales.

La política exterior mexicana está sin rumbo y con recorrer las embajadas más importantes, las que forman parte de la corona de la diplomacia, se comprueba.

Representantes en países en donde está “pausada la relación”; representantes en países socios comerciales y que no aparecen por ninguna parte y nada se sabe de sus acciones en Canadá y Estados Unidos.

El representante en China, negociador del T-MEC, abandonó el país, lo nombraron cónsul en Hong Kong y ahora cobra como embajador. Le concedieron el gobierno y el Senado la posibilidad de ser feliz, no de hacer feliz a México.

Finalmente, el exfiscal general de la República encontró país que le otorgara el plácet y no, no fue “un país amigo como Alemania”, sino uno con clase: uno que tiene Rey.

Al parecer la vieja práctica del añejo priísmo de sacudirse a los molestos y nombrarlos embajadores, aunque nada supieran de la diplomacia, se ha reverdecido y, por supuesto, sin laureles.

Antes les seleccionaban el sitio dorado -para los expulsores- y los enviaban más lejos que Palenque, en Chiapas, aunque las sedes diplomáticas tuvieran el mismo significado de la finca del expresidente mexicano.

La pobreza en la calidad de los embajadores es notable. La ausencia en temas fundamentales para el país, ha generado que se tomen decisiones equivocadas por falta de información.

La relación, por ejemplo, con Estados Unidos es “cordialmente compleja” y por la importancia de la misma, generalmente se designaba a una persona con conocimientos en el área. El tema se quebró cuando Esteban Moctezuma fue designado embajador durante el mandato del señor López y la aceptación de Joe Biden y, de manera extraña, ha sido ratificado por la presidenta mexicana y aceptado por la amenaza naranja… porque no lo pelan ni en la peluquería.

Carlos Joaquín González, exgobernador de Quintana Roo fue nombrado por el gobierno pasado embajador en Canadá. Sus acciones se desconocen. Fue incapaz de prever la caída de Justin Trudeau y el arribo de Mark Carney, un exbanquero declarado y señalado como personaje de derecha extrema.

Aunque con Venezuela solamente estaba la representación comercial, tampoco se rindieron informes de la situación real que se vivía y mucho menos sobre el estacionamiento de la flota de Estados Unidos en aguas internacionales frente a Caracas. Todo lo que se sabía llegaba por cables de agencias internacionales, con las cuales el gobierno federal tiene contratos.

El representante en Honduras, el expriísta David Jiménez González, estuvo ausente del proceso electoral en el que la izquierda de Xiomara Castro fue derrotada por la derecha impulsada por Trump.

Laura Beatriz Moreno Rodríguez, llegó a Santiago de Chile después de que Alicia Bárcena dejara la legación diplomática para incorporarse al gabinete del presidente López. Por sus antecedentes, a la embajadora le pasaron de noche los comicios en los que la candidata del presidente Gabriel Boric fue derrotada y el péndulo de la política decidió que no más izquierda y sí mucha derecha. No se tenía claridad hasta dónde la aspirante del oficialismo podría mantener la línea de Boric. Porque no había complicación informativa que prospectara lo que podría ocurrir.

Y ahora con el arribo de Alejandro Gertz Manero al reino unido, no parece haber sido una designación adecuada. Las historias que lo persiguen o que le han inventado al exfiscal, no le abrirán las puertas de las cenas palaciegas en Londres.

Así, sin embargo, está la política exterior mexicana: sin rumbo.

Por Jesús Michel Narváez

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