*Andrés Manuel López Vanidosamente. Preocupado por Pasar a la Historia *En el Interior, Configuró un Galimatías
con los Pésimos Resultados *De la Seguridad Nacional Hizo un Escudo. Para Esconder el uso de Recursos *Sheinbaum Entendió que el Crimen Desafió al Estado que Tiene la Ley Para Ganar *No es lo Mismo Estado que Gobierno, el Primero Permanece, el Segundo es Transitivo.
Para fines de este artículo definiré al Estado como la sociedad políticamente organizada. Tiene dos principios: proteger y defender a la sociedad y, a la vez, tiene dos fines: mitigar la escasez y mitigar el conflicto social. Por lo anterior el Estado se atribuye la administración, procuración e impartición de justicia, así como el legal y legítimo monopolio del uso la violencia de ser necesario a fin de imponer la ley y el orden. En otras palabras, al ejecutar su principal deber de proteger a la sociedad, despliega, en calidad de Estado de Derecho, cuerpos de seguridad que se enfrentan a quienes violan la ley y amenazan a la paz social. Esas corporaciones policiacas tienen atribuciones de persuasión, disuasión y represión que, nos guste o no, se ejercen en beneficio de las mayorías, así como de la preservación del Estado.
Mi tesis es que el expresidente López Obrador, en calidad de jefe del Estado mexicano, estaba vanidosamente más preocupado por pasar a la historia como un hombre tolerante, permisivo y bonachonamente comprensivo y se fue al extremo de no actuar a la altura de las circunstancias, por lo que permitió, bajo la timorata idea de “abrazos y no balazos” que el crimen organizado creciera y le toleró sus excesos. De ahí las fundadas sospechas de sus vínculos con algunos carteles de la droga. Su herencia fue, entre otros lastres, la indigna cifra de 200 mil mexicanos muertos por violencia durante su gestión. Léase, no se atrevió a ejercer legal y legítimamente la mano firme del Estado y le faltaron arrestos, tácticas y estrategias para enfrentar un conflicto de altos vuelos entre el Estado y los criminales.
De hecho, lo que hizo fue desplegar un nivel intermedio entre la seguridad pública y la nacional. En otras palabras, creó la seguridad interior y con ella a la Guardia Nacional, pero la maniató en la práctica. Pensó que podría lidiar contra el crimen organizado al montar una escenografía. La consecuencia fue una institución con elementos bien capacitados, adiestrados y con un arsenal suficiente, pero nunca dio las instrucciones de actuar con eficacia. Por ende, configuró un galimatías y los pésimos resultados que ya conocemos. En otras palabras, mezcló administrativamente las tres esferas de seguridad y debido a su falta de entendimiento conceptual hizo de la seguridad pública un ente pasivo y observador de la violencia, de la seguridad interior hizo un discurso hueco y de la seguridad nacional hizo un escudo a fin de esconder el destino de nuestros impuestos, pues amparado en la excepcionalidad que la Ley de Transparencia le faculta al ejecutivo de decidir discrecionalmente acerca de si algún tema es de seguridad nacional, lo que hizo fue negarse a rendir cuentas, no ser un gobierno transparente y abusó de los recursos públicos para satisfacer sus caprichos. Así, en el nombre de la seguridad nacional se escudó y están ocultos los datos financieros y contables de sus obras faraónicas.
Es importante hacer notar que en México los fines de la Seguridad Nacional son favorecer las condiciones de gobernabilidad y del desarrollo, por lo mismo sus áreas de inteligencia tienen como marco lógico que la información obtenida sea a fin de proteger a las áreas estratégicas y prioritarias del Estado. Es decir, la inteligencia se avoca a detectar posibles amenazas, riesgos, vulnerabilidades y enemigos del Estado. Sobre todo, porque la seguridad nacional debe garantizar la reproducción del individuo, la familia, la sociedad y el Estado. Consecuentemente, no puede darse el lujo de que alguien o cualquier organización lo amenace y mucho menos que lo confronte.
Su sucesora quiso seguir por el camino de la no confrontación con los grupos criminales, pero las circunstancias internacionales cambiaron y la presión norteamericana la obliga a actuar, aunque ella no quiera. Por fin entendió o le hicieron entender allende el Bravo que no basta con acusar a los criminales con sus abuelas, ni la voluntad política para confrontar a los cárteles de la droga mediante programas sociales asistencialistas. Hay que atreverse a actuar e imponer la ley que es igual para todos y el orden que permite convivir en paz social. Un presidente o primer ministro tiene como primera responsabilidad proteger a la sociedad a la que gobierna y enfatizar que tarde o temprano quienes desafían criminalmente al Estado, pierden.
El Estado tiene a las leyes de su parte, posee el armamento y los efectivos bien capacitados y adiestrados, emplea las áreas de inteligencia, las cuales por cierto colaboran con las de otras naciones aliadas, es el dueño de los mapas de la infraestructura del país, así como tiene la experiencia y la fuerza de la justicia. Si el gobernante no desea mostrar el músculo que institucionalmente posee es su decisión. Lo que no puede evitar es ejercerlo, pues el Estado está concebido y construido para ganar. Sin violencia de ser posible, pero con violencia de ser necesario.
Más aún, el imperativo del Estado mexicano en los momentos actuales no es priorizar la disminución estadística del número de muertos por violencia, sino evitar la elaboración y el trasiego de drogas sintéticas, también erradicar el cultivo de drogas y su distribución, además de evitar la prostitución infantil, las extorsiones y los robos. Lo cual significa que la gestión Sheinbaum ya evaluó las estrategias pasadas. Léase, no es convincente negociar con los cárteles porque no cumplen su palabra, tampoco es tan redituable la confrontación abierta y directa, mucho menos abrazarlos. Por el otro lado es difícil combatir las causas tales como la falta de oportunidades laborales debido a que la economía no crece.
Lo que observamos con García Harfuch a la cabeza es que la nueva estrategia es la de fragmentar, atomizar y debilitar a los grandes cárteles a fin de que puedan ser controlados en microcosmos territoriales, como lo hace la DEA en los Estados Unidos. En otras palabras, pequeñas mafias que no desafían al Estado.
El hecho de que los grupos criminales crecieran y se fortalecieran debido a la negligencia y corrupción de muchos políticos ensoberbeció a los líderes de los cárteles y pensaron que podrían dominar y arrinconar al Estado, pero se equivocaron. Es cierto que pueden dominar a gobiernos municipales y a algunos estatales. Pero no es lo mismo Estado que gobierno, pues el primero permanece, mientras que el segundo es transitivo. Los jefes de los cárteles no supieron entender que por más dinero y parque que posean, siempre serán una fuerza inferior a la del Estado. Cabe hacer notar, nos guste o no, que el Estado también salió triunfante ante los grupos guerrilleros de las décadas de los años sesenta y setenta. Por un lado, eso se debió a su capacidad de inteligencia y de fuego y, por el otro, por haber implementado una reforma política. Léase, los instrumentos del Estado son muchos y muy variados, ya que tiene la mano firme, la mano suave y, por si fuese poco, es juez y jurado.
El Estado es un ente que tiene la responsabilidad histórica, política, ética y jurídica de ganar clara y contundentemente. No es que exista la posibilidad de que empate y mucho menos de que pierda. Es la organización social cuya maquinaria está diseñada fundacionalmente para ganar siempre. Una nación puede cambiar de régimen de gobierno y de sistema político, lo que no puede hacer es dejar de ser Estado. Léase, la sociedad lo concibió soberanamente para que los seres humanos no muramos violentamente, lo que deseamos es tener calidad de vida bajo el amparo de legalidad en un orden establecido de desarrollo sostenible y sustentable, con servicios públicos de calidad y vivir en paz, sin temores, ni amenazas, ni extorsiones. Lo cual significa que quien lo desafíe, tarde o temprano, acaba por perder. El Estado siempre gana.
EZEQUIEL GAYTÁN