Hubo un tiempo en el que, cuando hablábamos de salud, hablábamos principalmente de personas: de un paciente, de una enfermedad, de una historia clínica,
de lo que ocurría dentro de un hospital.
Hoy hablamos también de datos.
¿Cuántas personas enferman? ¿A qué edad? ¿En qué municipios? ¿Cuánto cuesta atender una enfermedad? ¿Cuántos pacientes esperan una consulta? ¿Cuántos abandonan un tratamiento? ¿Cuántas personas viven con dolor? ¿Cuántos adultos mayores requieren cuidados que sus familias ya no pueden proporcionar?
Los datos están en todas partes. Pero tener datos no significa necesariamente tener respuestas.
Un número puede decirnos que un problema existe, pero necesitamos contexto para entenderlo. Una estadística puede mostrarnos una tendencia, pero detrás de ella siempre hay personas.
Por eso, hablar de datos en salud también es hablar de responsabilidad.
Necesitamos datos para identificar desigualdades, anticipar necesidades, distribuir recursos y evaluar si las políticas públicas realmente están funcionando. Necesitamos medir para dejar de suponer.
Pero también necesitamos preguntarnos qué estamos midiendo, cómo lo estamos midiendo y, sobre todo, para qué.
Porque si sabemos cuántas personas viven con una enfermedad, pero no sabemos cómo esa enfermedad afecta su vida cotidiana, tenemos una parte de la historia.
Si conocemos el número de consultas, pero no sabemos cuánto tiempo espera un paciente para recibir atención, tenemos una parte de la historia.
Si sabemos cuánto cuesta un tratamiento, pero no consideramos lo que representa para una familia trasladarse, ausentarse del trabajo o cuidar a un enfermo, nuevamente estamos viendo solamente una parte.
La ciencia de datos aplicada a la salud tiene un enorme potencial. La inteligencia artificial, los registros electrónicos, los sistemas de vigilancia epidemiológica y las nuevas herramientas de análisis pueden ayudarnos a encontrar patrones que antes no podíamos observar.
Pero hay algo que ninguna base de datos debería hacernos olvidar: cada registro representa una vida.
La verdadera transformación no consiste solamente en tener más información. Consiste en aprender a convertir esa información en conocimiento y ese conocimiento en mejores decisiones.
Quizá por eso hoy necesitamos hablar de datos como antes hablábamos de síntomas, diagnósticos y tratamientos. Porque los datos también pueden ser una forma de escuchar.
Y cuando aprendemos a escucharlos correctamente, quizá descubrimos que detrás de cada porcentaje hay una historia que todavía necesita ser contada.