EEUU, 09 de octubre 2022: Al presentar su informe sobre la situación de la pena de muerte durante 2012, Amnistía internacional consideró que continúa

la tendencia mundial hacia el fin de tal sanción. El año pasado se reanudaron las ejecuciones en varios países que llevaban tiempo sin aplicarla ––principalmente Gambia, India, Japón y Pakistán–– y hubo un alarmante aumento de ejecuciones en Irak, pero su aplicación sigue restringida a un grupo aislado de países. En todas las regiones del mundo se observan avances hacia la abolición.

En 2012 se aplicó la pena de muerte en 21 países, igual cantidad a la de 2011, pero inferior a la de 28 países registrada apenas diez años antes, en 2003. Se tuvo conocimiento de 682 ejecuciones en el mundo, dos más que en 2011. Aunque estas cifras no incluyen las miles de ejecuciones realizadas en China, que mantiene los datos en secreto.

A pesar de que el movimiento contra la pena capital ha venido prosperando desde el siglo XVIII, ese castigo aún tiene muchos partidarios. La gran mayoría quizá no se hayan puesto jamás a reflexionar sobre las razones de esa simpatía porque les parecen obvias: los culpables de los crímenes más atroces merecen morir. ¿Eso hace razonable la pena capital?

La experiencia de diversos países pone de manifiesto que la pena de muerte no tiene un efecto inhibitorio. En Europa la pena capital se ha venido aboliendo desde la segunda mitad del siglo XIX sin que la abolición haya traído como consecuencia un aumento de los homicidios u otros crímenes graves. Por el contrario, la tendencia de ese continente es al abatimiento de la criminalidad, incluidos los asesinatos, a partir de la tercera década del siglo XX y hasta nuestros días. Algo similar ha ocurrido en Australia, Canadá y otras naciones que han suprimido la pena última. En los Estados Unidos no se observa una mayor delincuencia en la minoría de estados que la han abolido que en la mayoría en la que aún se aplica. Po otra parte, privar de la vida al condenado impide corregir el yerro judicial que condena a un inocente.

¿Pero no es justo mutilar al delincuente cuyo delito consistió en mutilar a otro? ¿Por qué no torturar al torturador? ¿Por qué no violar al violador? ¿Por qué no hacer saltar en pedazos al terrorista que destrozó a muchos con una bomba? Porque tales castigos contravendrían nuestros más importantes valores, aquellos que reivindicó el Siglo de las Luces y que nos hicieron seres humanos distintos, mejores.

Porque lo peor que nos podría pasar es comportarnos como el delincuente se comporta con sus víctimas. Porque de lo que se trata es de hacer justicia, no de emular la crueldad de los criminales. El homicidio es inaceptable: por eso no podemos ser homicidas. Borges escribió que el canibalismo es aborrecible y no por eso debemos devorar a los caníbales.

La pena capital es inútil, irreversible e indecente. Es inútil porque no logra disminuir la criminalidad. Es irreversible porque la ejecución no permite corregir los no infrecuentes errores judiciales. Pero aunque fuera útil y los jueces fuesen infalibles, la pena de muerte es indecente porque las penas que legítimamente puede imponer un Estado democrático y civilizado excluyen la destrucción de la vida, lo más sagrado del ser humano.

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