Ciudad de México, México ::: 15 de abril de 2026 ::: La cineasta argentina sostuvo que el séptimo arte debe
ser un medio para detonar diálogos sobre la tensión social y humana. A través de sus obras, Martel explora las consecuencias de los actos individuales y la fragilidad de la vida cotidiana.
Para Martel, quien presentó el pasado 11 de abril en Casa del Lago UNAM su libro Un destino común. Intervenciones públicas y conversaciones (Caja Negra Editores), en compañía de la directora del recinto Cinthya García Leyva y la editora Malena Rey, este tipo de decisiones narrativas tienen mucho que ver con el lenguaje que se debe elegir cuidadosamente para narrar. Pero no sólo en términos de imagen sino de sonido, rasgo del cine que le ha interesado explorar a profundidad.
Lucrecia Martel (Salta, Argentina, 1966) es reconocida por las cintas La ciénaga (2001), La niña santa (2004), La mujer sin cabeza (2008) y Zama (2017), en las que ha explorado temas como el colonialismo, el racismo, las relaciones familiares o las trampas del entramado social, por mencionar algunos, constituyendo una voz crítica que ha recibido premios y aceptación en numerosos festivales.
El libro Un destino común reúne diez conferencias y clases inéditas impartidas entre 2009 y 2025 en Argentina, España y Uruguay, y en el que la cineasta ofrece una ventana a su pensamiento sobre temas como la situación actual de la narrativa, la relación de los creadores con el territorio, las formas de hacer cine y de provocar pensamiento y conversación en el espectador y, claro, el papel del sonido en lo cinematográfico, según indicó en entrevista.
“El argumento es una cosa muy simple y muy superficial. Lo que uno puede hacer con el cine es ir más allá de la estructura de cómo se percibe la realidad. El asunto es con qué lenguaje logras que eso que estás contando pueda ser percibido en su arbitrariedad, en su absurdo. Mucho antes de la decisión de hacer cine, el sonido fue para mí una forma de pensar el mundo”, reveló.
Martel vincula su educación católica con una visión que prioriza el sentido de la vida en el futuro, descuidando el presente, donde ocurre lo esencial. Ese desajuste entre presente y futuro le parece complejo y contradictorio, y algo que es necesario afrontar.
“Para eso, a mí me sirvió pensar en el sonido. Toda esa organización que tenemos del tiempo en el espacio está muy ligada a la visión, y el sonido te obliga a pensar en un volumen. Cuando empiezas a pensar el tiempo en un volumen ya no es tan clara la relación causa-consecuencia, lo que te permite pensar la arbitrariedad que hay en la organización de la historia o de tus actos. Todo ese juego entre imagen y sonido te altera la percepción y te permite tener una idea distinta a lo que estás acostumbrado”, observó Martel.
Siguiendo con ese derrotero anticonvencional, la directora afirmó que lo importante es la conversación, lo que pasa después de la película, no el objeto-película. “Creo que logré escaparme de ser una persona que produce objetos-películas y ser capaz de hablar con el público, con los jóvenes en los talleres. Porque el cine en sí mismo, como fin, no me interesa. Para mí el cine es un medio para conversar, comprendernos, discutir”, enfatizó.
Esto se confirma en las entrevistas que la cineasta otorga a los medios (generosas y abundantes), en las que es notorio su gusto por el arte de la conversación.
Lucrecia también visita México para presentar su más reciente película, Nuestra tierra (2025), un documental sobre el asesinato de Javier Chocobar mientras luchaba contra el desalojo de su comunidad indígena de sus tierras ancestrales en Argentina, otra evidencia de que Martel vive su proceso creativo desde una permanente línea de inconformidad y riesgo.