El pasado lunes, en Santa Fe, Se congregó a 200 de las mujeres más influyentes de México, una radiografía
del poder femenino en México: visible, sofisticado, influyente… pero todavía contenido.
La Cumbre de las 200 Mujeres más Importantes de México, organizada por la revista Mujer Ejecutiva y el ecosistema de líderes de Grupo Mundo Ejecutivo, se presentó como un espacio de reconocimiento, networking y visión de futuro. Y sin duda lo fue con la presencia de mujeres como la diputada Margarita Zavala, la política Beatriz Paredes, Carmen Rodríguez Armenta Directora del CONEVAL, Ana de Saracho, la Magistrada Magda Sulema Mosri, Paola Becerra entre muchas otras figuras de todos los ámbitos que dieron su opinión y platicaron sus vivencias sobre empoderamiento femenino.
Entre sus comentarios encontramos que aún falta mucho por hacer y que hay temas que aún no logramos resolver como país.
Porque si algo deja claro este tipo de encuentros es la paradoja: celebramos a las mujeres que llegaron… mientras nos vemos obligadas a ignorar a la enorme mayoría que aún no puede hacerlo.
La narrativa oficial del evento es potente: mujeres que lideran, deciden y transforman el rumbo del país . Y es cierto. Ahí están: CEO’s, emprendedoras, funcionarias, líderes de opinión. Mujeres que han conquistado espacios históricamente vedados.
Pero la pregunta incómoda es otra:
¿cuántas mujeres pueden realmente aspirar a estar ahí?
Las cifras no mienten. En México, apenas el 3% de las direcciones generales están ocupadas por mujeres. Ese dato, por sí solo, desmonta los discursos triunfalistas del gobierno.
Y entonces, la cumbre adquiere otra dimensión: no es sólo una celebración del éxito femenino, es también la evidencia de su excepcionalidad.
En el fondo, este tipo de encuentros, que operamos diferentes asociaciones civiles y agrupaciones femeninas funcionan como vitrinas de lo posible, pero también como recordatorios de lo improbable.
Porque si bien es cierto que hoy hay más mujeres en posiciones de liderazgo que nunca antes, también lo es que el sistema sigue operando con inercias profundamente masculinas.
Las reglas del juego no han cambiado tanto:
las mujeres que llegan al poder no sólo tienen que ser buenas… tienen que ser extraordinarias.
Y eso genera una distorsión peligrosa: el liderazgo femenino se vuelve aspiracional, pero no accesible.
La verdadera relevancia de la Cumbre de las 200 Mujeres no está en las historias de éxito —que son valiosas—, sino en la responsabilidad que implica formar parte de esa élite.
Porque el liderazgo femenino no puede quedarse en un ejercicio de reconocimiento entre pares.
Debe convertirse en un mecanismo de transformación estructural.
De lo contrario, corremos el riesgo de construir una élite femenina que reproduzca las mismas lógicas de exclusión que históricamente han limitado a las mujeres.
Nuestro reto no es que existan 200 mujeres poderosas.
El reto es que dejen de ser sólo 200.
Porque México necesita políticas públicas que transformen esta realidad y que abran oportunidades para muchas mujeres más.
La historia del poder femenino en México está en un punto de inflexión.
Ya no se trata de demostrar que las mujeres pueden llegar.
Eso ya está probado.
Se trata de cambiar las condiciones para que no sea una excepción.
Que nuestros foros y espacios de visibilidad se conviertan en motores de transformación.
Porque el verdadero liderazgo no se mide por las metas alcanzadas, sino por las puertas que se abren para las que vienen detrás.
Por Alejandra del Río
El pasado lunes, en Santa Fe, Se congregó a 200 de las mujeres más influyentes de México, una radiografía del poder femenino en México: visible, sofisticado, influyente… pero todavía contenido.
La Cumbre de las 200 Mujeres más Importantes de México, organizada por la revista Mujer Ejecutiva y el ecosistema de líderes de Grupo Mundo Ejecutivo, se presentó como un espacio de reconocimiento, networking y visión de futuro. Y sin duda lo fue con la presencia de mujeres como la diputada Margarita Zavala, la política Beatriz Paredes, Carmen Rodríguez Armenta Directora del CONEVAL, Ana de Saracho, la Magistrada Magda Sulema Mosri, Paola Becerra entre muchas otras figuras de todos los ámbitos que dieron su opinión y platicaron sus vivencias sobre empoderamiento femenino.
Entre sus comentarios encontramos que aún falta mucho por hacer y que hay temas que aún no logramos resolver como país.
Porque si algo deja claro este tipo de encuentros es la paradoja: celebramos a las mujeres que llegaron… mientras nos vemos obligadas a ignorar a la enorme mayoría que aún no puede hacerlo.
La narrativa oficial del evento es potente: mujeres que lideran, deciden y transforman el rumbo del país . Y es cierto. Ahí están: CEO’s, emprendedoras, funcionarias, líderes de opinión. Mujeres que han conquistado espacios históricamente vedados.
Pero la pregunta incómoda es otra:
¿cuántas mujeres pueden realmente aspirar a estar ahí?
Las cifras no mienten. En México, apenas el 3% de las direcciones generales están ocupadas por mujeres. Ese dato, por sí solo, desmonta los discursos triunfalistas del gobierno.
Y entonces, la cumbre adquiere otra dimensión: no es sólo una celebración del éxito femenino, es también la evidencia de su excepcionalidad.
En el fondo, este tipo de encuentros, que operamos diferentes asociaciones civiles y agrupaciones femeninas funcionan como vitrinas de lo posible, pero también como recordatorios de lo improbable.
Porque si bien es cierto que hoy hay más mujeres en posiciones de liderazgo que nunca antes, también lo es que el sistema sigue operando con inercias profundamente masculinas.
Las reglas del juego no han cambiado tanto:
las mujeres que llegan al poder no sólo tienen que ser buenas… tienen que ser extraordinarias.
Y eso genera una distorsión peligrosa: el liderazgo femenino se vuelve aspiracional, pero no accesible.
La verdadera relevancia de la Cumbre de las 200 Mujeres no está en las historias de éxito —que son valiosas—, sino en la responsabilidad que implica formar parte de esa élite.
Porque el liderazgo femenino no puede quedarse en un ejercicio de reconocimiento entre pares.
Debe convertirse en un mecanismo de transformación estructural.
De lo contrario, corremos el riesgo de construir una élite femenina que reproduzca las mismas lógicas de exclusión que históricamente han limitado a las mujeres.
Nuestro reto no es que existan 200 mujeres poderosas.
El reto es que dejen de ser sólo 200.
Porque México necesita políticas públicas que transformen esta realidad y que abran oportunidades para muchas mujeres más.
La historia del poder femenino en México está en un punto de inflexión.
Ya no se trata de demostrar que las mujeres pueden llegar.
Eso ya está probado.
Se trata de cambiar las condiciones para que no sea una excepción.
Que nuestros foros y espacios de visibilidad se conviertan en motores de transformación.
Porque el verdadero liderazgo no se mide por las metas alcanzadas, sino por las puertas que se abren para las que vienen detrás.
Alejandra Del Río
Directora General
PR Lab México
Presidenta
Mujeres en el Poder
+52 55 5498 3596