La narrativa oficial insiste en hablar de estabilidad, pero los números ya no acompañan el discurso.
La economía mexicana no solo se desaceleró: se contrajo. Un –0.8% en el primer trimestre de 2026 no es una anécdota estadística, es una señal de alarma. Y lo más grave no es la caída en sí, sino lo que revela: el modelo económico está agotado.
Durante meses se vendió la idea de que México crecería este 2026 entre 1.3% y 1.6%. Hoy esas proyecciones parecen más un acto de fe que un análisis serio. La realidad es otra: el país arrancó el año en negativo, y cuando una economía comienza cayendo, revertir la tendencia no es cuestión de optimismo, sino de condiciones estructurales que hoy simplemente no existen.
Porque no hay un motor económico real, el consumo se desacelera, la inversión se retrae y el entorno internacional deja de ser un aliado automático. Estados Unidos —nuestro principal socio— también muestra signos de enfriamiento, y cuando la economía estadounidense estornuda, México no solo se resfría: se paraliza.
Pero el problema no es solo externo. Es profundamente interno, la inversión extranjera lleva meses debilitándose. La incertidumbre jurídica, los cambios de reglas, la confrontación con el sector privado y una política energética errática han erosionado la confianza. Sin confianza no hay capital y sin capital no hay crecimiento, así de simple.
La macroeconomía, que durante años fue el último bastión de estabilidad, empieza a resentirse. El déficit público se ha ampliado, la deuda crece y la presión sobre las finanzas públicas aumenta. Al mismo tiempo, la inflación sigue por encima del objetivo del Banco de México, lo que limita cualquier margen de maniobra, es una tormenta silenciosa, que ha comenzado a tomar voz ante los alarmantes números del primer cuarto del año.
En paralelo, el mercado laboral refleja una estabilidad precaria, más de la mitad de los trabajadores en la informalidad, empleos de baja productividad y salarios que no logran sostener el consumo interno. La supuesta fortaleza del mercado interno es, en realidad, una ilusión sostenida por remesas y gasto público.
Y mientras tanto, el mundo se mueve, a otro paso, países de América Latina muchos con menos ventajas estructurales, están creciendo más que México. Algunos capitalizan recursos naturales, otros turismo, otros logística. México, en cambio, desperdicia la oportunidad histórica del nearshoring. Tenía todo para convertirse en el gran ganador de la relocalización industrial. Pero para atraer inversión no basta la geografía: se necesita certidumbre y eso es precisamente lo que no hay.
Resulta verdaderamente absurdo que países con bloqueos económicos como Cuba (+0.3%) y Venezuela (-0.3%) hayan tenido mejores resultados económicos que México en este periodo, una burla para los mexicanos que nos partimos el lomo trabajando por este país.
El deterioro no es solo económico, es estratégico. La relación con Estados Unidos atraviesa tensiones en el marco del TMEC, justo cuando más se necesita coordinación. Las señales de política exterior, lejos de fortalecer la confianza, la debilitan, acciones como desentenderse de las peticiones de extradición, asistir a reuniones internacionales de izquierda progresista y salir enredada en la bandera a gritar todas las mañaneras soberanía, mientras se protége a narcopolíticos y delincuentes, no es la forma de generar confianza y en economía, la confianza lo es todo.
Los capitales lo saben. Por eso empiezan a moverse. Por eso buscan refugio fuera. Porque el dinero siempre anticipa lo que la política intenta negar.
Hoy México enfrenta algo más grave que una desaceleración: enfrenta el riesgo real de entrar en recesión técnica. Si el siguiente trimestre confirma la caída, el país habrá cruzado una línea que el discurso no podrá maquillar.
Y entonces la pregunta será inevitable: ¿en qué momento se perdió el rumbo?
Porque esto no es producto del azar. Es consecuencia de malas decisiones. De haber apostado por la confrontación en lugar de la certidumbre, por la ideología en lugar de la competitividad, por el corto plazo en lugar de la estrategia.
Un país que no crece no solo se estanca. Se vuelve frágil y un país frágil, no puede sostener estabilidad política, ni bienestar social, ni gobernabilidad a largo plazo.
México hoy no está creciendo, no está invirtiendo, ni está planeando para el futuro, pero si se está endeudando historicamente, está preparando cada vez menos a los jóvenes y está llegando a un lugar más peligroso: un punto de inflexión. Habrá que recordarle a Marcelo y a la Presidenta que cuando la economía entra en caída, el tiempo para corregir se acaba y que de no tomar medidas inmediatas, la poca inversión que había decidido jugársela con ellos, se les va a ir corriendo a lugares que ofrezcan incentivos y mayor certidumbre económica, política y jurídica.