Durante años el discurso oficial ha repetido una palabra como si fuera un mantra: soberanía energética, la palabra
soberanía es posiblemente la que más ha repetrido Claudia Sheinbaum en sus mañaneras: Soberanía energética, Soberanía nacional, Soberanía económica…Pero hay un problema cuando la retórica se enfrenta con la realidad: las cifras no mienten, como suele ocurrir en México, ela realidad es mucho menos épica.
Hoy el país importa cerca del 60% del gas natural que utiliza para generar electricidad, y prácticamente todo proviene de Estados Unidos. Es decir, el sistema eléctrico mexicano depende del gas que se produce del otro lado de la frontera, CFE es completamente depemdiente del tío Sam para ponerlo mas claro.
Una curiosa forma de soberanía.
La paradoja se vuelve aún más evidente cuando se observa la producción petrolera nacional. México (PEMEX) produce hoy alrededor de 1.6 millones de barriles de petróleo diarios, el nivel más bajo en más de tres décadas y una cifra dramática para un país que alguna vez superó los 3.4 millones de barriles diarios.
Este desplome no es una fatalidad geológica.
Es el resultado directo de décadas de mala gestión y decisiones políticas equivocadas, agravadas en los últimos años por una estrategia energética basada más en la ideología que en la realidad.
Pemex, alguna vez una de las petroleras más importantes del mundo, hoy es una empresa técnicamente rezagada, financieramente asfixiada y operativamente ineficiente.
CFE, por su parte, insiste en sostener un modelo energético del siglo pasado, basado en combustibles fósiles caros y contaminantes, mientras el resto del mundo acelera la transición hacia energías más limpias y eficientes.
Pero quizá el error estratégico más grave ocurrió cuando el actual grupo gobernante decidió dinamitar la reforma energética de 2013.
Aquella reforma, aprobada durante el gobierno del Priista Enrique Peña Nieto, buscaba algo elemental: abrir el sector energético a la inversión privada y a la tecnología internacional que Pemex ya no tenía.
Las primeras rondas petroleras comenzaron a atraer capital global y proyectos de exploración que prometían recuperar la producción nacional. Algunos análisis proyectaban que México podría alcanzar nuevamente niveles cercanos a 3 o incluso 4 millones de barriles diarios en el largo plazo.
Pero Morena decidió cerrar la puerta, por que eso significaba (para ellos) perder la “Soberanía Energética” que terminaron perdiendo de todas formas con su absurda dependencia a los combustibles fósiles americanos.
Se cancelaron rondas petroleras, se frenó la inversión privada y se apostó todo a la supuesta “fortaleza” de las empresas del Estado, en el camino de esta triste historía también se hicieron multimillonarios por huachicoleo muchos políticos y empresarios cercanos al Obradorato.
El resultado está hoy frente a nosotros.
México produce menos petróleo que en décadas.
Importa la mayor parte del gas que utiliza.
Y depende crecientemente del suministro energético de Estados Unidos para mantener encendidas sus ciudades.
La ironía es brutal.
En nombre de la soberanía energética, el país terminó profundizando su dependencia energética.
Porque la verdadera soberanía no consiste en cerrar el sector ni en repetir consignas nacionalistas.
Consiste en producir energía suficiente, diversificar las fuentes y aprovechar la inversión y la tecnología disponibles.
Exactamente lo contrario de lo que se ha hecho.
Hoy la realidad es simple, mientras el discurso oficial habla de independencia energética, las turbinas mexicanas siguen girando gracias al gas texano.
La soberanía energética mexicana, al final, parece tener un curioso domicilio.
Texas.