UNAM infiltración evidente con métodos de Morena

La universidad nació para ser un espacio universal. La propia raíz de la palabra —universitas— remite a la comunidad abierta

de maestros y estudiantes que, más allá de fronteras, ideologías o nacionalidades, se reúnen para buscar conocimiento, debatir ideas y confrontar argumentos. En esa vocación universal reside su esencia y también su responsabilidad histórica: preservar un ámbito donde el pensamiento crítico pueda desarrollarse con libertad y rigor intelectual.

 Esta reflexión surge a propósito de un incidente ocurrido recientemente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde un académico extranjero fue increpado y expulsado de un espacio universitario por un grupo de activistas que lo identificaron políticamente a partir de su nacionalidad. El episodio no es un hecho que deba pasar inadvertido y, desde luego, tampoco refleja el criterio ni el espíritu de la inmensa mayoría de los universitarios, cuya tradición ha sido precisamente la defensa de la pluralidad y del debate libre. Lo que pudo ser una protesta y dejar hablar al ponente, su intolerancia no lo permitió y con ello evidenció la mentalidad y métodos de MORENA.
Las universidades existen para fomentar el pensamiento crítico y el contraste de ideas. Cuestionar a los Estados, debatir decisiones de gobierno o expresar desacuerdo con determinadas políticas internacionales forma parte natural del debate público y del ejercicio intelectual. Pero una cosa es discutir o condenar políticas de un Estado y otra muy distinta es trasladar ese desacuerdo a la descalificación o exclusión de personas por ninguna etiqueta.
Cuando la universidad deja de ser un espacio de diálogo y se convierte en escenario de vetos identitarios, pierde una de sus características esenciales: la pluralidad. El conocimiento no avanza por la cancelación del interlocutor, sino por la confrontación abierta de argumentos sustentados en razón, evidencia y método. La historia del pensamiento demuestra que las ideas se fortalecen cuando son discutidas con rigor académico, no cuando se silencian por consignas o presiones.
Existe además una paradoja evidente en episodios como éste. Con frecuencia, quienes denuncian prácticas de discriminación o exclusión terminan reproduciendo exactamente aquello que dicen combatir. El sectarismo, incluso cuando se presenta envuelto en causas que se consideran justas, termina erosionando el espíritu universitario, empobreciendo el debate y debilitando la cultura crítica que las universidades están llamadas a proteger.
Defender la universalidad de la universidad no significa ignorar los conflictos del mundo ni renunciar al debate político. Significa preservar el principio de que en el ámbito académico las personas deben ser escuchadas y evaluadas por la solidez de sus ideas, por la consistencia de sus argumentos y por su aportación al conocimiento, no por su nacionalidad, su origen o su identidad.
La universidad debe seguir siendo el lugar donde se confrontan ideas con libertad intelectual y responsabilidad académica, no donde se levantan nuevas fronteras.
eduardosadotoficial
@eduardosadot


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