Las elecciones y el debilitamiento del Estado

el estado y sus razones

La convulsión política no cesa en el país. Las instituciones de la República se encuentran en pleno revuelo en pos de la jornada electoral del próximo año. No hay medida en el golpeteo y el desgaste hacia los políticos y las instituciones que dirigen.
El fin único es ganar la Presidencia de la República, aunque en ello se lleven al país hacia el precipicio.
Hace seis años, el desgaste del entonces Presidente Felipe Calderón era inocultable y el golpeteo de los opositores, constante y permanente. La institución presidencial sufrió uno de los más grandes desgastes de su historia. Hoy, Enrique Peña Nieto, transita por el mismo sendero. Sin lugar a dudas, ha sido el Presidente de la República que más ha sido atacado por sus adversarios; también el que más se ha prestado para ello y el que, sin lugar a dudas, ha vivido más encarnizadamente las postrimerías de la pérdida de poder presidencial.
Hoy por hoy, aún y cuando la popularidad del Presidente Peña pareciera tener un leve ascenso, lo cierto es que es prácticamente imposible que retome los niveles de aceptación que tenía cuando asumió el cargo. Por otro lado, su partido, el Revolucionario Institucional, —según las encuestas— es el instituto político más despreciado por el electorado nacional. La opinión pública lo vincula directamente con la corrupción, la prepotencia y la ineficiencia del gobierno. Pese a ello, es el que cuenta con el más amplio padrón de militantes registrados —cerca de 6 millones de afiliados— y el que, presuntamente, tiene mayor presencia en el territorio mexicano, lo que lo hace electoralmente muy competitivo y con grandes posibilidades de mantener una presencia mayoritaria en el Congreso de la Unión.
Pese a ello, el electorado no beneficia ni al Presidente Peña ni a su partido. Por el contrario, la mayoría de las encuestas lo posicionan muy por debajo del puntero; el sempiterno candidato Andrés Manuel López Obrador quien, en todas las mediciones, encabeza las preferencias. Las explicaciones de este fenómeno son muchas; lo cierto es que las baterías de los partidos políticos se enfilan en dos blancos principales: el puntero en las encuestas y el PRI.
Ciertamente, todos los actores políticos se atacan inmisericordes ante la vorágine electoral. No hay piedad, misericordia o consideración que valga ante la ambición por lograr ocupar la silla presidencial. Sin embargo, esta andanada de golpes y desgastes ha trascendido a las personas y a los partidos y está desgastando y deteriorando a las instituciones del Estado. Nadie ha mediado por salvaguardar a la Presidencia de la República que hoy, a diferencia de hace veinticuatro años, es más débil y con menos fuerza política, legitimación e influencia de gobierno. Aún y cuando parezca increíble, hoy el Presidente de la República está muy lejos de ser el “gran Tlatoani” que solía ser hace a penas un par de décadas.
Para bien y para mal, muchas decisiones de Estado ya no se toman en el despacho presidencial y, por tanto, han dejado de ser ejecutivas. Prácticamente todo se consulta y se comparte; ya no hay responsabilidad única pues hoy se diluye en un sinfín de actores, responsabilidades y actuaciones.
Así el poder del Estado Mexicano está cambiando y, valga la expresión, debilitándose. Por ello, hoy no es raro que muchos factores reales de poder sobrepongan sus intereses al bienestar general. Seguimos por la ruta del debilitamiento, en detrimento del pueblo mexicano.
@AndresAguileraM