De la democracia a la “electocracia” (I)

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La doctrina política señala que la democracia es aquella forma de gobierno en la que el pueblo define la forma de organización e interviene en las decisiones gubernamentales. Dicho de otra forma: es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Esta alegoría romántica nos remonta a épocas en las que los filósofos liberales intentaron justificar la necesaria abolición de las monarquías absolutas y obligar a que la gente pudiera participar en las decisiones de Gobierno y Estado.

En esta lógica histórica, tras cruentas guerras intestinas, largas horas de negociación, la ilustración de los déspotas, tomando como base las diversas teorías sobre la creación de los Estados y su organización, como lo fue el “Espíritu de las Leyes” de Montesquieu, se crearon las monarquías constitucionales, mismas que abrieron la puerta a parlamentos que, a su vez, permitieron la participación de la población en los temas políticos. De esta forma, hizo su aparición la democracia, como una forma de gobierno justa, en la que todos participarían y serían corresponsables de las determinaciones de Estado.

Al paso de los años, el primer Estado en poner en práctica un sistema meramente democrático y de representación, fue Estados Unidos de América, tras su guerra de independencia de la corona británica, con lo que dejaron patente su desprecio para con las “viejas prácticas” monárquicas. De tras de los norteamericanos, siguieron su ejemplo los demás países del continente americano que declararon su independencia de las coronas inglesa, española y portuguesa. Aquí todos los estados encontraron formas de organización y gobierno basados en los sistemas de representación, tomando como base los principios democráticos, considerando como prioridad que ya no hubiera monarcas, sino que el gobierno emanara del pueblo.

Así —insisto— desde una visión extremadamente romántica, los padres fundadores de las naciones americanas consideraron que la gente debía participar activamente en el gobierno; para ello habrían de elegir a sus autoridades y, a su vez, sería el propio pueblo, quien vigilaría y castigaría a quienes hicieran mal uso del poder y lo utilizaran para un beneficio personal. Ya no habría monarcas, sino autoridades temporales que actuarían dentro del marco de la ley, cuya creación estaría a cargo de otro órgano conformado colegiadamente por representantes de la gente, y que su transgresión sería sancionada por expertos en derecho, con autoridad moral suficiente y reconocida para dirimir las controversias y sancionar a quienes incumplan con el marco legal establecido. Visto de este modo, la democracia sería la mejor forma de gobierno, pues el pueblo sería quien se autorregularía.

Sin embargo, las formas de representación indirecta —como lo son las autoridades electas mediante el sufragio— han ido perdiendo legitimidad a lo largo y ancho del orbe, pues la gente, pese a ser sus mandantes, los aprecia ajenos, como si formaran una nueva especie de oligarquía.

Cabe señalar que este es un fenómeno que aqueja no sólo a nuestro México, sino al resto de los países del orbe. La falta de credibilidad en las instituciones, lo que se vuelve una falta notoria de legitimidad, es un mal que aqueja a la humanidad. El desencanto hacia la democracia se genera a partir de que ésta es sustituida por la “electocracia”.

@AndresAguileraM.