Los distintos que resultaron ser iguales

Sería cómico —si no fuera trágico— observar cómo los nuevos regímenes que se gestan en los países, esos que afirman

tener una empatía y similitud con el pueblo al que dicen gobernar, repiten patrones idénticos a los de aquellos que sustituyeron y de quienes se ufanaron ser distintos. 

Durante meses de extenuantes, abrumantes y aburridas campañas publicitarias, en donde señalaban, sin pudor ni recato, a sus contrapartes como corruptos, frívolos e ineptos, sólo con su palabra afirmaron que eran distintos, mientras esbozaban críticas a cada una de las acciones del gobierno al que pretendían sustituir sin que presentaran una sola propuesta, método o mecanismo para hacerlo distinto. 

Todas sus frases y afirmaciones se constriñeron al “combatiremos la corrupción”, “se terminaron los privilegios”, “bajaremos el precio de productos y servicios” y un sinfín de frases generales, imprecisas y convenientemente evasivas pero que, al reflejar la animadversión por los regímenes tradicionales, cobraban eco en la conciencia de la gente que, en su mayoría, sólo deseaba venganza en contra de quienes ejercían la autoridad y esa fuerza fue utilizada por grupos políticos para alcanzar el poder gubernamental. 

Hoy, muchos de esos personajes que usaron estas estrategias para hacerse del poder, hoy gobiernan un número importante de naciones en el orbe. Sin embargo, muy pocos, han logrado dar los resultados que prometieron como candidatos, por el contrario, la mayoría en su gestión gubernamental han sido, por decir lo menos, deficitarios hasta llegar a niveles de irresponsabilidad absoluta, pues en su ánimo por mantener su popularidad han sido capaces no sólo de destruir instituciones sino de canalizar los recursos del gasto corriente a asuntos de poca o nula utilidad pública, pero de mucho “relumbrón” para la sociedad. 

Ya sea a través de la institucionalización de dádivas, o la edificación de obras costosas, pero sumamente vistosas, nuevas pero poco provechosas para el desarrollo de las regiones de los países, o bien a través del engrose de la nómina gubernamental para el pago de facturas políticas, como demuestran a sus seguidores que cumplen con la función que le encomendaron, sin considerar que con estas acciones no sólo están poniendo en riesgo la operación gubernamental sino que, además, lo hacen con el desarrollo de estas y las futuras generaciones.

Aunado a lo anterior, en esta creación de programas y obras fútiles, también son partícipes de prácticas poco transparentes y hasta corruptas que mucho criticaban de sus antecesores, como lo son la entrega de contratos públicos sin licitaciones abiertas y transparentes, el otorgamiento de contratos a empresas creadas exprofeso para ello y la gestión en las diversas instituciones públicas para otorgar contratos y servicios a personas o empresas determinadas desde las cúpulas del poder.

En síntesis: los que ofrecieron ser distintos resultaron ser iguales a quienes criticaron. Todo ello, aunado a una serie de agravantes que en mucho ponen en riesgo la viabilidad de las naciones en el corto y mediano plazo, condenándolos al pago de obras y servicios que en muy poco favorecerán a la sociedad o que pudieran servir de base para algo mejor. Los programas que otorgan recursos directos del erario están condenados no sólo a generar una merma permanente en las finanzas públicas, sino que más temprano que tarde, habrá de implicar una crisis financiera que, de no limitarse, pondrá en riesgo la operación estatal que es fundamental y esencialmente brindar seguridad a sus ciudadanos, situación que, como muchas otras funciones, suelen descuidar a niveles infames.

Mientras que el populismo, por ganar adeptos y simpatías, descuide las funciones elementales de los gobiernos, el desgobierno y la anarquía se apoderarán de las sociedades inevitablemente, lo que agudizará la animadversión por las cuestiones públicas y el descontento social.

Andrés A. Aguilera Martínez

@AndresAguileraM