La lista negra del inquilino de Palacio

"La tiranía no puede derrotar el poder de las ideas", fue la frase acuñada por la gran escritora y activista política estadounidense Helen Keller, en ocasión de la quema de libros perpetrada por ligas estudiantiles y profesores nazis el 10 de mayo de 1933, en la Opernplatz de Berlín y en otras ciudades alemanas. Esta mujer extraordinaria, primera sordociega en lograr un título universitario en Radcliffe College,
con una distinción cum laude, veía en su mente con claridad el significado de aquel suceso; eliminar todo conocimiento y toda manifestación cultural, que no fuera favorable a la visión del nacionalsocialismo. "Hemos dirigido nuestro esfuerzo a actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que representa al fuego", fue la proclama  de Herbert Gutjahr, líder del sector estudiantil del partido nazi, antes de que fueran arrojados miles de libros a las llamas de la barbarie. Ahí, entre las cenizas, ardían aquellas voces que intentaban "apagar", las palabras contrarias a su visión del mundo, las que no debían ser leídas o escuchadas: Simplemente, las voces del "otro". Lo mismo Einstein que Freud, Hemingway que Jack London, Victor Hugo que Dostoyevsky, sucumbieron en la pira de la infamia por el simple hecho de ser "contrarios" a la ideología dominante o "desagradables" al régimen. Aquel acto deleznable, fue precedido por una campaña de recogida de libros que representaban, a decir de los nazis, la "literatura decadente". Las "listas negras" donde se señalaban las obras que formaban parte de aquella literatura "dañina y despreciable", fueron elaboradas por Wolfgang Herrmann, un bibliotecario y miembro del partido nazi.  
 
Aquellas "listas negras" cuyo propósito es excluir, perseguir, estigmatizar, repudiar, denostar o simplemente señalar al "adversario", regresan ahora bajo otro sesgo ideológico y en otro contexto histórico (aunque con la misma perversidad en las intenciones), para intimidar y desalentar la comunicación crítica. El propio inquilino de Palacio Nacional, en un acto inédito de cinismo e impudencia autocrática, ha presentado su lista de "indeseables": Los que deben callar, los que deben ser "quemados" en la pira de la descalificación y de la intolerancia. Esos que no le son "afines", sin importar su bandería ni su discurso. Bajo el rasero elemental de la ignorancia suprema, fueron calificados como "negativos" o "positivos", "favorables" o desfavorables". No importan los contenidos ni las razones; la descalificación es ciega, como lo es cualquier juicio emitido desde la rigidez conceptual del dogmatismo y la cerrazón ideológica. Nadie, sin importar la solidez de sus razonamientos o la inteligencia conceptual de sus apreciaciones, será aprobado bajo esta "óptica invidente". El fuego de la hoguera no distingue el discurso ni las hojas donde se escribe; toda voz contraria está condenada a las cenizas. Todo aspirante a dictador se ocupa de silenciar a sus adversarios; no me extraña. Pero de los dichos se pasa a veces a los hechos; la amenaza de encarcelar al periodista Loret de Mola a 12 años de prisión por haber destapado un acto descarado de corrupción en los allegados del habitante de Palacio, enciende las alarmas y deja entrever las tentaciones represivas de un sistema totalitario.
 
Hoy, en la misma plaza donde se quemaron aquellos libros que hicieron arder la flama de la estupidez humana, se encuentra una placa que recuerda los fatídicos hechos de aquella primavera berlinesa, con una frase del poeta alemán Heinrich Heine:
 
“Das war ein vorspiel nur, dort wo man bücher verbrennt, verbrennt man auch am ende menschen” ("Esto sólo fue un preludio, ahí donde se queman libros, se termina quemando también a las personas")
 
Dr Javier González Maciel. 
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