Del Canal de Stalin a Santa Lucia

Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados ​​o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos sobresalen y hacen el tonto cabal y perfecto.

Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza.
Richard Armadura

 

Antes de Joseph Stalin, fueron muchos los que imaginaron la posibilidad de una Rusia navegable. Los turcos otomanos intentaron sin éxito unir el río Volga con el Don para crear una salida directa desde el corazón de Rusia hacia el mar Caspio. La empresa fue retomada por Pedro I el Grande, pero la abandonó en 1701. Stalin, heredero de aquellos proyectos megalómanos, decidió materializar su primer gran sueño marítimo: la creación de una red faraónica de canales en el noroeste de Rusia que, partiendo de Leningrado (hoy San Petersburgo), uniera el mar Báltico con el mar Blanco. Como un mero trazo sobre el mapa, la obra parecía factible y permitiría el movimiento de la marina y el rápido transporte de mercancías. Así, en 1931 ordenó su construcción, que debía ser completada a toda costa en un lapso de 20 meses con la mano de obra forzada de cerca de 120,000 prisioneros políticos y criminales, procedentes del sistema penitenciario soviético (Gulag). Con herramientas rudimentarias, sin ninguna ayuda mecánica y a temperaturas congelantes de -30 a -40 °C, la titánica obra cobró la vida de entre 12 y 20 mil personas. La "hazaña" fue recogida por orden de Stalin en una obra literaria propagandística en la que participaría un grupo de 120 escritores dirigidos por Máximo Gorki, que daría cuenta de las "maravillas" de la reeducación de los presidarios a través del Gulag.  La visita de los escritores al Canal, que habrían de atestiguar la grandeza de la obra, fue manipulada para esconder a sus ojos la brutalidad del trabajo forzado y mostrarles sólo escenas "idílicas" de aquella encomiable tarea de "rehabilitación" y "reinserción" de prisioneros.  El libro, con más de 600 páginas, que alababa la excepcional obra de ingeniería, se publicó con el nombre de "El Canal Stalin Mar Blanco-Mar Báltico", y representaría una especie de descripción "histórica" forzada, plagada de elogios, sobre un hecho que apenas acontecía. El canal fue un rotundo fracaso, una obra inútil e inservible construida con la muerte de miles de seres humanos que, por su escasa profundidad, impedía el tránsito de los buques de la marina y de los cargueros de gran calado. Las paredes del canal por su parte, construidas de madera, terminarían colapsando debido a la podredumbre. No se habló más del tema y la obra quedó abandonada como un triste recuerdo de esa mezcla heterogénea de bajo rendimiento, torpeza y terquedad, sobrestimación delirante de las propias capacidades, incapacidad para rectificar, fijación absurda e inamovible en proyectos irrealizables y exceso de autoconfianza, que hemos dado en llamar estupidez.  
 
Tras cancelar el Aeropuerto de Texcoco con una absurda consulta popular y a pesar de las observaciones de numerosos expertos en el tema, nuestro empecinado inquilino de Palacio decidió emprender una de sus obras emblemáticas; el aeropuerto de Santa Lucía. El proyecto inicial del Ingeniero José María Riobóo (caja de resonancia de la testarudez presidencial), que pretendía agregar al sitio un edificio para pasajeros y dos pistas adicionales,  resultó irrealizable debido a dos obstáculos orográficos, incluido el Cerro de Paula de 240 m. de altura y una segunda formación montañosa de la Sierra de Guadalupe. Así la Secretaria de la Defensa Nacional tomó la decisión de modificar el diseño, con el subsiguiente incremento en el costo del proyecto. A estos problemas logísticos, se agregarían los relacionados con el espacio aéreo, considerando la cercanía de los aeropuertos de la Ciudad de México y Toluca. Por si esto fuera poco, un documento publicado en fecha reciente por la SEDENA, da cuenta de importantes problemas de eficiencia en el diseño aeroportuario, de acuerdo con las conclusiones del Grupo Aeropuertos de París Ingeniería, la empresa especialista en proyectos ejecutivos que realizó el Plan Maestro de la Obra: La pista 1 sólo podrá ser utilizada para despegues una vez que esté lista la pista 3. Esta última, por su parte, sólo podrá ser empleada para aterrizajes, sin posibilidades de operaciones simultáneas en ambas pistas, como se había previsto, lo que hará imposible aliviar la congestión aérea de la ciudad de México. De este modo, la previsión del inquilino de Palacio para iniciar operaciones con 19 millones de pasajeros tras su inauguración en marzo de 2022, será alcanzada sólo 20 años después.
 
La inflexibilidad mental, la incapacidad para anticipar problemas, la renuencia a rectificar el rumbo, la falta de planificación y prevención, la mentalidad pétrea e inamovible del soberbio, la sordera egocéntrica, los sesgos cognitivos que desatienden la evidencias y se decantan por las creencias, la tendencia a desoír lo que no halaga al oído, la visión ideologizada de la realidad circundante, la sobrevaloración de las capacidades intelectuales y una simple y llana terquedad, son los ingredientes de esa indefinible fórmula de la alquimia que llamamos estupidez.
 

Dr. Javier González Maciel
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Estudios universitarios en Psicología, Médico Cirujano, Especialista en Cardiología, alta especialidad en Cardiología Intervencionista en Madrid España, titular de posgrado en Cardiología clínica, profesor universitario, director médico en la industria del seguro de personas y conferencista para América Latina.