Muros

SINGLADURA

Es una afrenta sin duda para México el muro que pretende construir en la frontera binacional el presidente estadunidense Donald Trump, pero al menos deberíamos los mexicanos todos llamarnos a la reflexión sobre los otros muros que, aun invisibles si se quiere, hemos construido

para nuestra desgracia los propios mexicanos, sin que casi nadie se inmute y mucho menos apueste por derribarlos, antes por el contrario se erigen más altos.

Aludo a los muros de la segregación social, económica, cultural, política, entre muchos otros, que hemos levantado los mexicanos para excluirnos entre nosotros mismos. Estos son peores que el planeado por Trump en la extensa frontera mexicano-estadunidense.

En México, lo sabemos, hay sitios amurallados y cuyo acceso está vedado para enormes y crecientes capas o segmentos poblacionales. Es casi común por ejemplo que en algunos sitios de recreo o turísticos se niegue el acceso a la mayor parte de la población debido por ejemplo al color de la piel, el origen étnico y aún como consecuencia de la falta de un historial o tarjeta crediticia.

Este tipo de exclusión se practica en México con base en muros invisibles, pero mucho más efectivos que aquel que ´pretende alzar el bisonte que habita hoy la Casa Blanca.

Los muros que nos separan entre mexicanos se multiplican en otras áreas o ámbitos. Los accesos a las oportunidades educativas, habitacionales, laborales y/o profesionales, médicas, turísticas y culturales están custodiados por muros casi siempre impenetrables para la mayor parte de los segmentos sociales llamados casi eufemísticamente “menos favorecidos”.

La clase política mexicana ha creado un número creciente de muros para medrar de estos. Y el hampa, más aún la organizada, tiene sus propios muros, en donde nadie penetra con excepción de los que cuenten con salvoconducto.

Como consecuencia de esto tenemos una creciente y peligrosa polarización social, económica y cultural, que explican –aunque jamás podrá justificarse- que en el país proliferen por ejemplo las casas para pobres, la alimentación para pobres, las escuelas para pobres y el transporte para los pobres, entre otros muchos bienes y servicios que se imaginan y destinan a las personas “menos favorecidas” del país.

La justicia y el sistema penitenciario nacional también está rodeado de muros, donde quedan confinados, no los delincuentes de toda laya qué va, -a esos se le abren las puertas y se les bajan los muros o incluso se les construyen túneles- sino predominantemente los más humildes, los menos favorecidos, los que “el sistema” castiga. En contraste, gozan de cabal libertad los que delinquen, traicionan y roban o engañan.

Y ni hablar de los muros que confinan por las condiciones económicas a un número creciente de mexicanos. Estos son quizá los muros más evidentes, acrecentados, agigantados ya ni siquiera los últimos años, sino las últimas décadas.

¿Quién se inmuta de esto? ¿A quién le preocupa? Y encima también siguen creciendo los muros de la corrupción que campea entre las élites del país. ¿A alguien le importa?

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