Gobernar es un arte difícil de practicarse. Implica, entre muchas otras cosas, tener la convicción de hacer lo necesario para garantizar la vida y la seguridad de las personas que forman el Estado, aún y cuando lo que se haga sea impopular o, incluso, hasta cuestionable. Es, en síntesis, poner el interés general, el bien mayor —o el mal menor— sobre el apetito egoísta de la popularidad.

Mientras escribo estas líneas veo nuevamente una película que puedo catalogar como “de mis favoritas”. “Las horas más oscuras” es un drama de 2017 en el que se narran los primeros días de la asunción de Winston Churchill como Primer Ministro del Reino Unido, que coinciden con el avance militar de Adolfo Hitler por Europa durante la Segunda Guerra Mundial en el año de 1940.

México es un país lleno de contrastes. En sus más de un millón de kilómetros cuadrados de territorio, cuenta con una diversidad de recursos considerable. Suelos de cultivos heterogéneos, climas variados que permiten una producción agrícola vasta y variada; miles de kilómetros de litorales, que permiten una explotación suficiente y responsable; hidrología amplia que permite abastecer del líquido y generar energía para consumo nacional, y una biodiversidad como pocas naciones en el orbe.

Veo horrorizado una realidad que por más que organizaciones civiles difunden su brutalidad y llaman a la solidaridad y empatía para su prevención y atención, gobiernos y sociedades hacen oídos sordos a un clamor que, difícilmente, podría ser más justo y necesario: erradicar o —por lo menos— disminuir la violencia contra las mujeres.