Andrés Manuel es listo, muy listo. Y con memoria selectiva.

Corrían aquellos días de 2006 cuando creció la versión de que la señora Marta Sahagún Jiménez estaría en condiciones de relevar a Felipe Calderón Hinojosa en la candidatura del PAN a la Presidencia de la República. Por supuesto, el impulsor de esa posibilidad era el entonces ocurrente Vicente Fox Quesada, inquilino de Los Pinos.

Ahí estaba, pero nadie le había dado el enorme valor que tiene. Desde hace ocho años, el Congreso de la Unión otorgó, sin beneficiario identificado, los elementos para el cobro de facturas políticas mediante el uso de la figura de Testigo Colaborador.  A esta figura que la vox populi llama chivato, delator, traidor, infidente, desleal y, bueno, eufemismos varios para no aludir a ese feo calificativo que todos conocemos, se acogió el preclaro ex director de Pemex, Emilio Lozoya Austin,

Firme, el médico cirujano y senador Higinio Martínez Miranda alzó la voz; agraviado como muchos de sus compañeros de escaño respondió a la sinrazón que, hasta hace dos días, se enfilaba hacia la injusticia:

Y qué tal que se nos agripa el licenciado; y qué tal que le da Covid… No, no, primero la salud del licenciado. Porque, cómo está eso de que se le critica por no estar frente a frente con sus paisanos de Macuspana y de Centla y Nacajuca. No, no. 
¿Mojarse los pies y echar a perder zapatos casi nuevecitos nomás para la foto? Ni que fuera populista como Felipe y Enrique o Ernesto que, en su momento como presidentes, fueron a atender a damnificados en Tabasco y Veracruz y Puebla y…

Como no queriendo, a pregunta sembrada por uno de esos asistentes a la mañanera en Palacio Nacional --nadie garantiza sean periodistas quienes ocupan la fila mercenaria-- el licenciado presidente se despachó la falacia del día: “(…) Y nosotros no vamos a meternos a perseguir a nuestros adversarios, que en otros tiempos y en otras circunstancias aportaron dinero para esta guerra sucia en contra de nosotros.

En memoria de mis colegas y amigas Mariela Cházaro y Yolanda Hernández

Aquel 5 de octubre de 1999 Miguel Alemán Velasco vestía pulcramente en la pista aérea de Poza Rica, Veracruz. Acudía a recibir al presidente Ernesto Zedillo Ponce de León. El entonces gobernador vestía pantalón de lino que hacía juego con los zapatos de ante color beige y la camisa blanca, sin duda de hilo egipcio.